La temporada de fin de año es para millones de personas «la más linda del año», no solo por las luces, los arbolitos, los nacimientos, por supuesto los aguinaldos; también porque permite cerrar ciclos personales, profesionales o simplemente porque se quiere celebrar, aunque se debe tener claro el significado real de la Navidad: el nacimiento del niño Jesús.
Navidad y fin de año permiten replantear la vida, presupuestar, evaluar lo logrado, sin dejar de lado que surgen o se crean motivos para compartir con amigos, excompañeros, colegas, familia; esa es la magia de la Navidad, invita a la comunión, a dar sin esperar, a compartir, a recordar cómo era la noche de Navidad en los pueblos.
En muchos pueblos, en pasados no tan recientes, había menos parafernalia y luces, pero había un sentido de comunión más auténtico, y con ese espíritu navideño uno iba saludando a vecinos que invitaban a pasar y comer un tamal o un pan con pollo; o saludar a otros amigos a la siguiente cuadra que también hacían pasar a beber o a comer el segundo pan con pollo de la noche… así eran mis navidades de cipote en San Francisco Chinameca. En casa se atendía y siempre había algo qué comer o beber para quienes nos llegaban a visitar o dar los abrazos antes de la reventazón de cohetes a la medianoche.
En la ciudad las luces navideñas han estado cada año más intensas, más elaboradas. Afortunadamente, en la última década las navidades han sido, además de acelerar el comercio, para que las familias puedan, a su manera, a su estilo y presupuesto, tener este bonito pretexto para nacer como familias, por fortuna las personas ahora se desplazan y visitan a familiares en cualquier colonia sin preocuparse de que un pandillero se los impida. Esto es parte del nacer de un nuevo país.
Y ese espíritu salvadoreño, que pareciera encenderse cada final de año, es el que algunos «iluminados» pretenden hacer creer que es dañino, como si las personas fueran irresponsables o no tuvieran criterio. A esos «Iluminados» les ofende el brillo en otros y quieren hacer creer que las luces de la Villa Navideña del Centro Histórico, el árbol gigante de la plaza Salvador del Mundo o las luces de las plazas públicas del interior del país esconden la «verdadera realidad», «la otra realidad», o que «alguien se aprovecha de la fiesta». Desmeritan que es mejor ver miles de luces adornando un árbol navideño que ver luces de las chispas de una bala disparada por un criminal; eso era lo que se ofrecía en esta época en el Centro Histórico, en la Zacamil, en San Miguel, en Soyapango, dondequiera.
Según un post de la YSUCA, «el sociólogo Roberto López, director del Idhuca, advierte que hay que tener cuidado con la emoción que generan las luces, los fuegos artificiales, los shows artísticos…, ya que pueden ocultar que la realidad salvadoreña tiene otras caras y que podrían quedar invisibilizadas». A juzgar por esa frase, pareciera que la Navidad salvadoreña debería ser a oscuras, en silencio, para que nadie se abstraiga de «la realidad».
Recordemos la Navidad de hace algunos años, la de 2017: «Al menos 20 personas fueron asesinadas en El Salvador entre el 24 y 25 de diciembre, según autoridades de la Fiscalía General y la Policía Nacional Civil», reportó «Diario El Mundo».
Al leer ese reporte, del triste pasado, es cuando más sentido tiene la felicidad que manifiestan los miles de compatriotas en las iluminadas plazas públicas del país, y no creo que las personas «irradiadas por esas luces» se abstraigan de que el otro mes, en enero, deben pagar casa, colegiaturas, útiles, uniformes, vivir su rutina, asumir su realidad; si algo caracteriza a los salvadoreños responsables es que si no tienen se rebuscan honradamente por tenerlo, por solventar sus deudas y compromisos, por salir adelante.
Seguramente el estudioso de derechos humanos y otros «illuminatis» extrañan o preferirían las luces de velas dentro de funerarias de todo el país donde familias lloraban a sus familiares… sin importar que fuera la noche de Navidad, como la de 2017.







