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La democracia salvadoreña sí tiene quien le escriba

por René Martínez Pineda / Sociólogo y escritor
30 de enero de 2024
En DePalabra
Tiempo de lectura:3 mins read
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Hasta hace cuatro años y medio, la democracia era un lujo de ricos, traidores y corruptos. Al pueblo se le permitía ver el show electoral, pero de lejos, porque tenía prohibido tocar con las manos sucias eso que los sucios llamaban «la democracia perfecta». Cuando se apagaban las luces de los circos electorales con escrutinios bajo amenaza —y todos nos íbamos para la casa a esperar que las promesas no se cumplieran— la realidad de la sangre imponía la ley de los victimarios y los ladrones consuetudinarios. Allá abajo, donde el pueblo pernoctaba soñando días mejores que nunca llegaban, el bipartidismo pregonaba que el miedo, el hambre, la agonía y la violencia eran palabra de Dios, y la justicia y la paz eran condenadas a odiarse a muerte. En ese entonces de violencia, corrupción y traiciones, la carreta chillona que emboscaba a la democracia era el miedo, y la Ciguanaba que amamantaba a los pobres era la desigualdad social.

Hasta hace cuatro años y medio vivíamos en un país cuya capital era la muerte. Y es que nos tenían con las manos atadas y los ojos vendados y, sin embargo, nuestros ojos hablaban el lenguaje de los guiños furtivos que hacíamos en el cuarto oscuro de la conciencia. El bipartidismo de los traidores quería que cada uno de nosotros fuera un ermitaño en el país, o que permaneciéramos incomunicados en la celda de castigo custodiada por el temor; y quería que cada uno fuera un «don nadie», o simplemente nadie. La soberanía popular era un delito electoral sin derecho a fianza. Así pasamos 30 años enterrados en la mazmorra de la agonía que era del tamaño de una tumba sin lápida, sin escuchar más murmullos que el de los victimarios merodeando nuestras casas.

Y en esa mazmorra fuimos capaces de compartir nuestros sueños de un país lindo e inolvidable; fuimos capaces de llenar de recuerdos nuestro olvido; fuimos capaces de contarnos nuestros amores y odios; fuimos capaces de discutir con los vecinos sin terminar enemistados; fuimos capaces de encumbrar la piscucha de la utopía social para que rompiera el cielo que nos habían robado a plena luz de un maletín negro. Pero todos teníamos algo que decir cuando dos siglos cupieran en febrero, y como nos habían tapado la boca empezamos a hablar con los ojos, con las manos, con los pies, con el alma que, luego de tantos años de ser los eternos indocumentados en nuestro propio país, fue capaz de convertirnos en hacedores de la historia.

La importancia de febrero de 2024 es que en la intimidad de sus 29 días, deambulando por el Macondo de García Márquez, contaremos la increíble y alegre historia de que la cándida democracia sí tiene quien le escriba, hoy que hemos descubierto, con el influjo del realismo mágico de la reinvención del país, cómo salir del laberinto de los 200 años de soledad en los que nos mantuvieron deambulando con un voto anulado en el centro de votación de los viejos corruptos que tenían alas enormes. La importancia de febrero es que, luego de la era de la gran delincuencia, que fue nuestra versión del oscurantismo, vamos a permitir que los cambios vividos en estos cuatro años y medio se conviertan en transformaciones sociales irrevocables y, con ello, que el Estado deje de ser un gendarme para convertirse en un sujeto social que sea el arquitecto y albañil de la sociedad de bienestar social, esa sociedad en la que nos pertenecerá el olor de la guayaba porque esta crece en nuestro huerto.

Y —como si pusiéramos la historia nacional en las manos de una sobadora infalible que nos curará el «mal de ojo» que nos enfermó durante tres décadas— este febrero vamos a corroborar que el reinvencionismo, liderado por Nayib, sí tiene quien le escriba desde el día en que demostramos que, en el país más pequeño del continente, puede nacer el sueño más grande del mundo.

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