El 20 de enero de 2025 es una fecha simbólica porque representa la segunda parte de la era Trump, inconclusa por el interregno de la presidencia de Joe Biden (2021-2025), cuyas líneas maestras, esbozadas durante su primer mandato, serán impulsadas, corregidas y aumentadas. Estas políticas significan un cambio epocal, surgidas de la crisis financiera mundial de 2008, desencadenante de la recesión mundial más grave desde la Gran Depresión (1929), que significaron la demonización de los globalistas y una respuesta antiglobalista de disímiles nominaciones: patriotas de Trump, neonacionalistas europeos, neopatriotas latinoamericanos. Sus líderes promulgan el rescate de la tradición familiar y los valores conservadores, son mayoritariamente «outsiders» de la política (Milei, Bolsonaro, Nayib Bukele, Noboa [en Ecuador], Calin Georgescu [en Rumanía], Alice Weidel [en Alemania], Meloni [en Italia], Orbán [en Hungría]), y coinciden con la tendencia conservadora nacionalista a escala de grandes potencias que representan Putin, en Rusia: Erdogan, en Turquía; Xi Jinping, en China; Narendra Modi, en India.
Donald Trump movió fichas inéditas durante su campaña, como la conquista del voto latino, del afroamericano y del voto ultraconservador de la América rural. En una jugada maestra política, Trump asoció los problemas económicos derivados de la crisis de 2008 (desempleo, inflación, crisis por la burbuja inmobiliaria), con preocupaciones etnonacionalistas, apelando a las quejas de una América blanca «tradicional», la «América profunda», que aspiraba a aislarse del cambio sociocultural, lo cual le facilitó que cualquier sector de la derecha, desde libertarios del «tea party» hasta evangélicos y conservadores sociales, entrara en la plataforma MAGA (Make America Great Again). Eran grupos que no estaban afectados económicamente por la globalización, pero vieron amenazado su estatus social privilegiado por el multiculturalismo, la inmigración y los ideales progresistas «globales».
El apoyo de estas tribus derechistas le proporcionó a Trump la coalición electoral que necesitaba para aplicar sus políticas económicas proteccionistas y un triunfo arrollador a la presidencia, la Cámara de Representantes y el Senado. Su frecuente técnica de hablar sobre medidas insensatas para desviar la atención esconde otro objetivo, como en el caso de México, donde su propósito era declarar agrupaciones terroristas a los carteles y alcanzar el visto bueno legal para realizar ataques quirúrgicos contra determinados líderes, a semejanza del asesinato en enero de 2020 del general Soleimani, en Irak.
Esta diplomacia de amenazas, de mucho ruido y pocas nueces, encubre propósitos más complejos, como lograr la paz en la guerra Rusia-Ucrania, un alto al fuego en Gaza-Israel, el cese del apoyo incondicional de EE. UU. a la Organización del Tratado del Atlántico del Norte (OTAN), la imposición de estrictos aranceles a los productos chinos y canadienses, el recorte de la grasa burocrática del Gobierno, el apoyo incondicional a Israel.
Hay acciones que se tomarán, como las arriba señaladas, pero otras entran en el terreno de la distopía, como la anexión de Groenlandia, Canadá, el golfo de México, el canal de Panamá, una intervención armada en Venezuela, que implicaría empantanarse en una guerra a largo plazo en el continente americano, o una intervención directa en Irán.
No es casual que desde su campaña de 2016 se haya creado el término «post-truth», la posverdad, como parte de la artillería retórica de Trump, que en esta gestión crecerá y se desarrollará. Sus invitados de primera fila fueron multimillonarios magnates, Elon Musk, Mark Zuckerberg, Jeff Bezos, Sundar Pichai, esa nueva clase multimillonaria de tecnomagnates de Silicon Valley, la nueva plutocracia. También fueron invitados oficialmente presidentes latinoamericanos como Javier Milei, de Argentina; Daniel Noboa, de Ecuador; Nayib Bukele, de El Salvador; Santiago Peña, de Paraguay; aunque no todos asistieron, igual que los presidentes de China y Hungría.
Su gabinete lo conforma un variopinto equipo: «patriotas», como su secretario de Estado, Marco Rubio, de origen cubano, partidario de mano dura en el intervencionismo norteamericano en Cuba, Nicaragua y Venezuela; «financistas» como Scott Bessent, secretario del Tesoro, recaudador y donante para el presidente electo y su consejero financiero de campaña; Howard Lutnick, secretario de Comercio, empresario multimillonario, que ayudó a recaudar fondos para la campaña de Trump y partidario de establecer aranceles a los bienes extranjeros; «presentadores de televisión» como Pete Hegseth, secretario de Defensa y expresentador de Fox News; Mehmet Oz, administrador de los Centros de Servicios de Medicare y Medicaid, expresentador del programa «Dr. Oz», acusado de promover pseudociencia, medicinas alternativas, sanación por fe y otras creencias paranormales; «aliados» como Robert F. Kennedy (sobrino de John Fitzgerald Kennedy), secretario de Salud, acérrimo enemigo de las vacunas anti-COVID-19 y defensor del medioambiente; Tulsi Gabbard, directora de los servicios de inteligencia, que ha transitado entre demócratas y republicanos en los últimos años; «hombres de confianza» como Keith Kellogg, enviado especial para Ucrania y Rusia; Matthew Whitaker, embajador para la OTAN; John Ratcliffe, director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA); Kash Patel, director del FBI; la fiscal general será Pam Bondi y su «zar de la frontera» es Tom Homan, que propugna separar a las familias de inmigrantes ilegales y deportarlos y suprimir las «ciudades santuario».
Buena parte de su programa social ya comenzó, con la deportación masiva de inmigrantes a sus países de origen en aviones militares. Para El Salvador, que tiene unas relaciones privilegiadas con la nueva gestión estadounidense, se abre una coyuntura política y económica que fortalecerá la segunda gestión del presidente Nayib Bukele, y traerá cambios económicos de beneficio popular basados en las perspectivas de otorgamiento de nuevos créditos y asistencias financieras de organismos multilaterales como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM), el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE), el Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe (CAF).
No es casual que el nuevo jefe de la diplomacia, Marco Rubio, en su primer viaje al extranjero, tenga a El Salvador entre sus destinos. Lo cual habla, al contrario de lo que muchos profetas del ruido de la oposición vociferan, de una alianza estratégica entre esta nueva administración Trump y el Gobierno de El Salvador.





