En cada contienda electoral, las campañas se colorean con los tonos partidarios. Con un banderín, una casaca o una gorra, la marca del partido y sus colores simbolizan nuestra preferencia política del momento. Al ver a alguien que porta la marca tricolor, podemos inferir que quizá exista allí una historia familiar de lealtad hacia ARENA, una simpatía hacia los ideales de ese partido, en el que palabras como nacionalismo y patria han tenido alguna vez un significado. Asimismo, cuando divisamos el rojo y la letra cursiva del FMLN con su estrellita, recibimos una información sobre ese ciudadano, su contexto histórico y adhesión hacia un agrupamiento que se identificaba con reivindicaciones populares.
Lamentablemente, en la campaña electoral, que ya inició, se observa una tendencia lamentable para nuestra democracia: los partidos antes mencionados han decidido esconder definitivamente sus banderas para que la ciudadanía ya no vincule los rostros de los candidatos con su pertenencia política. Incapaces de presentarle al electorado una renovación en serio, o una mínima rendición de cuentas sobre hechos de corrupción cometidos por sus gestiones, y ante el enojo que genera la sola presencia de sus emblemas, las cúpulas partidarias tomaron el camino más fácil: adoptar un nuevo diseño para disimular su bandería y sugerir que se está ante algo nuevo.
ARENA lo hace apropiándose de la bandera de nuestro país y sus colores. Solidaria con sus dirigentes, que desde hace rato intentan camuflarse, ya imprime en azul y blanco el «merchandising» de su campaña electoral. #ElSalvadorNosUne es la apelación hacia sus maltratados votantes.
El FMLN, por su parte, ha abandonado el color rojo para adoptar una paleta más «cool». En tonos violeta y borravino sobre fondo gris se divisa un nuevo concepto: Nuevo Frente. La estrellita ha sobrevivido, no así la alusión al legendario Farabundo Martí y ni que hablar de la liberación nacional. Trazos magentas completan la decoración. Esta vez, #ConstruyamosConLaGente es el mensaje que indica que, ahora sí, los dirigentes van a acercarse al pueblo.
Muchos que hoy son seguidores de Nuevas Ideas han experimentado en carne propia la circunstancia de estar bajo banderas ya vacías de ideales, desvalorizadas por sus dirigentes al punto de rozar la extinción. Pero, en vez de dejarse seducir por maquinarias electorales bien aceitadas a la hora de repartir cargos y privilegios, buscaron un nuevo espacio de participación.
Al seguir a Nayib Bukele hemos aprendido que, si tu bandera ya no te representa, lo correcto es manifestarlo y dar las discusiones internas hasta la última instancia. Lo contrario es como venderle el alma al diablo.
Aquellos que hipócritamente esconden sus banderas han acusado al presidente de pretender borrar la historia. En el mes de aniversario de la Masacre de El Mozote, nuestro mandatario ha tenido la grandeza de hablarle de frente a su pueblo, dejando de lado los discursos grandilocuentes que han caracterizado a los mandatarios del pasado. Bukele no se aferró a conceptos «políticamente correctos» para generar la complacencia del gran público, sino que ofreció una interpretación de los acontecimientos. Los que escucharon podrán estar más o menos de acuerdo con él, pero no puede dejar de reconocerse la honestidad intelectual de quien ofrece su visión, más si se tiene en cuenta lo que hoy en día él simboliza para su pueblo. Ofendidos, los sectores de la política demodé salieron a reclamar airosamente por sus declaraciones. Habría sido interesante escuchar, además de las inmediatas reacciones, un análisis sobre aquellos acontecimientos históricos a la luz del presente. Qué enriquecedor, desde ese punto de vista, es escuchar a María Chichilco, quien, lejos de situarse como un prócer intocable, nos regala sus reflexiones, llenas de amor, compromiso y valentía.
Dicen los expertos en marketing político que nunca se han visto niveles sostenidos tan altos de popularidad en un mandatario como ocurre con Nayib Bukele. En lugar de tratar de confundir al votante, la oposición debería estudiar los factores que construyen esa popularidad. La sinceridad, por comenzar, la honestidad para seguir y, por último, la eficiencia para generar condiciones que saquen a la gente de un destino de pobreza. En vez de situar ese proceso tan importante de nuestra historia como fueron los Acuerdos de Paz en un pedestal para que nadie opine algo distinto sobre ellos, deberían habilitar el debate y escuchar con un poco de humildad lo que dice el presidente, porque él representa el sentir de muchos que coincidimos en que todo ha resultado una farsa, ya que, aunque tuvieron el Estado en sus manos durante 30 años, ninguno de los partidos firmantes ha honrado los compromisos asumidos en enero de 1992. ¿Por qué sino esa necesidad de ocultarse?
Como dice el historiador Pierre Rosanvallon, «las organizaciones militantes ya no son los partidos, sino las de buen gobierno». Los vientos del cambio soplan en El Salvador y han llegado para que cada salvadoreño reciba lo que le pertenece por haber nacido en esta tierra. Son tiempos que nos animan a mostrarnos tal como somos, sin hipocresías.






