La autoritas de Nayib Bukele ha provocado una nueva guerra que traspasa las fronteras salvadoreñas. Mercenarios escondidos en el periodismo más burdo arrecian sus ataques desde trincheras nacionales y extranjeras en contra del mandatario con mayor popularidad en el mundo.
El prestigio, el respeto y la confianza provienen del pueblo hacia su presidente. Y eso es causa de dolor agudo y crónico en las mentes perversas de personajes oligarcas, burgueses y de aquellos que venden sus letras y voces al mejor postor, sin importarles provocar el daño más profundo a una nación que, por décadas, vivió sedienta de un mejor país.
El camino del desmantelamiento de maras y pandillas hacia la paz del pueblo, que nunca encontraron ni quisieron encontrar areneros y efemelenistas, ha sido uno de los detonantes de la nueva guerra de guerrillas con pluma y micrófono hacia el gobierno del pueblo.
Es un ataque directo al liderazgo en tiempos de crisis. ¿Por qué? Porque Nayib comprendió que después del desastre absoluto de la guerra civil y del dominio de los grupos criminales, en El Salvador surgió un comportamiento colectivo antagónico a los designios de la derecha y la izquierda que se lucraban de la inseguridad y la sangre de inocentes.
Lo que necesitaban los salvadoreños, en una aspiración colectiva, era la verdadera paz, un nuevo comienzo. Vieron esa oportunidad única en el joven político para terminar con la esclavitud ideológica impuesta por el bipartidismo. Nayib asumió el reto de recuperar el país para el pueblo cuando todos daban por perdida la seguridad y la tranquilidad, bases para el arranque de una nueva historia.
Una misión imposible porque ARENA y el FMLN no solo dejaron que creciera el «modus operandi» de los grupos criminales, sino que, además, les financiaron la compra de armas para asesinar y extorsionar al pueblo y les proveyeron de campos de entrenamiento en destacamentos militares.
Y mientras se pisoteaban los derechos humanos de más de 6 millones de salvadoreños y la sangre corría por calles y aceras, los escribientes y parlantes de ahora, incluidos los «opinólogos» y denominados «expertos» de todo tipo, preferían vivir a placer en la «democracia» establecida por el poder fáctico. Cobardes.
Son esos mismos que han logrado que la credibilidad y la reputación de medios internacionales desciendan a la cloaca, con la fetidez de sus publicaciones, pues no conocen la nueva realidad salvadoreña, simplemente sirven de alfombra roja a activistas con pluma y micrófono.
Se entiende que el dinero es la raíz de la esquizofrenia plumífera y vociferante.
No comprenden que Nayib razona y actúa por su pueblo. Que es un líder optimista con los pies en la tierra, pues no niega la realidad, sino que se hace cargo de ella precisamente porque quiere cambiarla y porque conoce y comprende el estado de ánimo de los ciudadanos.
Desde el inicio ha sido un líder en franca rebeldía a seguir los caminos de fracasados políticos, de seguir las sendas que trazaba el poder fáctico, o a ejecutar acciones escritas en los menús de «democracia a la carta» de naciones, organismos, instituciones y asociaciones internacionales que no hacen más que inmiscuirse en asuntos de un país que ahora camina por la senda correcta.
El presidente Bukele entiende que otro mundo no es posible, pero está convencido de que puede mejorarse, que se pueden cambiar las cosas que van mal, fuera de toda falsa utopía.
Es un político único. Su distintivo radica en que es una persona con ideas y principios, contrario a los que solo poseen una cualidad o ninguna. Nayib sabe que para llevar a cabo una transformación profunda —a partir de un compromiso fuerte con un proyecto— debe apoyar firmemente los pies en el mundo real y desplegar ideas que sean factibles.
Él encarna el mejor liderazgo político y humano, el que mezcla convicciones profundas con un proyecto y con la capacidad de tomar decisiones, fijar objetivos y asumir riesgos ante situaciones difíciles, incluso a contracorriente, cuando los demás dudan, están confusos o se retuercen en el fango del pasado.
Nayib es un político carismático, que tiene el respaldo de más del 90 % de los salvadoreños que quieren lo mejor para su patria; incluso, amado y anhelado en muchas naciones. Es el referente mundial, aunque sangre el hígado de los mercenarios en donde quiera que se escuden.





