En los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, las biografías de Stefan Zweig eran los «best sellers» del público culto de la época. Recuerdo sus títulos que aparecían a la vista en las estanterías de las librerías del centro de San Salvador. Editorial Juventud, de Barcelona, publicó en ediciones de tapa dura las biografías de «Erasmo de Rotterdam», «María Antonieta», «Fouché», todas figuras de segundo nivel en el escenario político europeo de su tiempo. Erasmo fue opacado por Lutero, aunque sobrevivió como humanista y representante de la ironía con intenciones pedagógicas con su «Elogio a la locura». María Antonieta, otra figura menor cuyo drama, ser condenada a muerte como representante de la realeza, no tuvo nada que ver con su vida ni con sus intereses. Si no hubiese venido al huracán de la Revolución probablemente habría sido una de tantas reinas conocidas solo por los historiadores del período. En cuanto a Fouché, vivió y murió cumpliendo su deseo: ser una sombra intrigante, maligna, pero siempre tras bastidores, y por supuesto borrado por el nuevo orden europeo que significó el imperio.
La biografía es un género menor de la historia. Puede dar luces sobre los procesos de una época, pero debe callar sobre las posibles intenciones de sus biografiados so pena de caer en psicologismos. Al escoger este género para narrar la vida de personajes secundarios, Zweig mantuvo una extraña coherencia.
De más resonancia, aunque centrado en acontecimientos puntuales, fue su libro «Momentos estelares de la humanidad», en el que determinados acontecimientos parecieron definir la historia de Occidente: la caída del Imperio bizantino, el mortal viaje de Magallanes o el retorno en tren de Lenin desde Finlandia. Muchos de los otros «momentos» no pueden ser considerados estelares, ni siquiera la batalla de Waterloo y menos la «Elegía en Marienbad».
Otros libros de Zweig no tuvieron, por lo menos en el San Salvador de la época, tanta presencia. Me refiero a sus memorias, «El mundo de ayer», donde aparece en toda su dimensión Zweig, ciudadano orgulloso de la Europa de fin de siglo, expresión del orden imperial vigente desde el Congreso de Viena de 1815 hasta agosto de 1914, en el que volaron todas las certezas culturales y sociales de su generación. La caída del Imperio austrohúngaro volvió apátridas a Zweig y a sus contemporáneos ilustres como Joseph Roth, Robert Musil y Hermann Broch, que no se recuperaron nunca del trauma de perder un mundo de referencias culturales del que habían advertido ya sus síntomas de descomposición, pero que no estaban preparados para su derrumbe.
Leíamos a Zweig aisladamente del mundo cultural y político al que perteneció y quería expresar. Ciertamente, en sus novelas y cuentos cortos, el escritor vienés dio señales de alarma sobre las contradicciones de los valores de la cultura burguesa que terminarían por colapsarla. Hay que ver, en ese sentido, novelas como «Amok» o «24 horas en la vida de una mujer», incómodas para la moralidad de la época, pero que ponían en evidencia las pasiones destructoras que movían a los honrados ciudadanos victorianos. En Viena trabajaba Freud.
Hace pocos meses «El País», de Madrid, anunció que, desde el 1.º de enero, la obra de Zweig es de dominio público y que las grandes editoriales estaban listas para romper el monopolio que durante décadas mantuvo, con ediciones elegantes y cuidadas, la editorial Acantilado. Estarán tras la obra del escritor austríaco grandes nombres como Alianza, o menos conocidos como Fórcola o Hermida. Lo que significa que Zweig, pese a todo, sigue de moda o vuelve a estar de moda y que tiene lectores casi 100 años después.





