Cuando hablamos de política estamos conscientes de la universalidad que implica, fundamentalmente en los cánones de la sociedad, y esto nos compromete a darle la relevancia y el espacio que requieren tanto los entes gubernamentales como los que representan a los sectores que estén en oposición, y esto es lo que define a un Estado democrático, donde todos los ciudadanos tienen absoluto derecho de intervenir, protestar; así como el compromiso moral de cumplir las leyes y participar activa y positivamente en el emprendimiento a que se avoquen esos entes gubernamentales, de manera que se mantenga un equilibrio político social de convivencia.
Lamentable que no haya una digna como inteligente oposición que mantenga ese estatus social y político que es tan necesario para advertir posibles errores, fijar orientaciones que ayuden a canalizar proyectos por una vía más segura para el beneficio de las comunidades y del Estado finalmente.
La oposición es una fuerza que se convierte de alguna manera en polo del desarrollo, llamando la atención al Gobierno, aportando ideas al Estado para que se enrumben sus planes por la más positiva vía y colaborar para que lleguen al mejor término en bien del futuro del pueblo.
Oposición: «Los que se oponen a»… «No están de acuerdo con»… Estas son las acepciones, y todas para resolverlas plantean como medios la discusión, el conversatorio, el debate y todos los medios posibles que lleven a armonizar las diferentes tendencias o concepciones que cada uno tenga, para llegar a una decisión; o a que el opositor proponga algo diferente, mejor y más efectivo; entonces «el contrario», hoy proponente, con un criterio amplio y democrático acepta y pone en práctica la propuesta de quien la ideó.
Es el pueblo quien valorará esas intervenciones. ¿Por qué? Porque en ese enfrentamiento de ideas no se manejan egoísmos, odios, actitudes o políticas beligerantes cuando «todos» justamente quieren lo mejor para sus partidarios afines, que a la postre competirán democráticamente por el poder, en forma civilizada, cívica y pacífica.
Solo la consciencia del pueblo elegirá lo que más le convenga, la alternancia o continuidad de quienes le hayan producido más beneficios, o simplemente tendrán su oportunidad para participar en ese «juego político» llamado democracia. Todos ganamos.
¿Qué estamos presenciando hoy de la oposición? Odio y guerra, actos deplorables, vulgaridad a ultranza con la mayor determinación y sin ceder, hasta el punto de no tener en cuenta las consecuencias o los posibles problemas que nos puedan afectar a todos finalmente… Y, sobre todo, dejan ver sus frustraciones, impotencia, desfachatez… amargura y dolor en sus corazones por haber perdido la solidaridad del pueblo; utilizando los medios virtuales no para expresar su oposición, sino para corroer su alma, llenando los medios virtuales de perversión.
Pero quizá lo más deleznable de estos grupúsculos remanentes de oposición es su actitud antihumana, que los alienta como gran esfuerzo para desacreditar internacionalmente valores reconocidos a este Gobierno. Es tal su trauma por la derrota que les asestó el pueblo que hacen todo lo posible por demostrar ahora la santidad de los inadaptados y criminales que tenían el país en sus bolsas y las extorsiones.
Pero lo más doloroso de esta inhumana como injusta y desesperada «oposición» es su actitud cínica… o quizás salvaje, para gozar, divertirse insensiblemente por las desgracias que sufra nuestro pueblo, como es el caso de lo ocurrido en la construcción de la vialidad hacia occidente, y esos impredecibles deslizamientos.
Un desastre causado por fallas geológicas o aunque sea por fallas humanas o profesionales en el intento de resolver un nudo gordiano, que tenemos hace muchos años y que ha causado otros tantos accidentes en nuestra historia, no es para que sea tomado como objeto de burla, instrumento para la maniobra de sus «inteligencias». Es terrible cómo se embriagarían de felicidad si esos deslaves terminaran con la vida de trabajadores salvadoreños, solo para atacar al Gobierno.





