En Guatemala, los ciudadanos votaron libremente en las urnas y decidieron acompañar a un político que no era un representante de los grupos tradicionales de poder, más que una apuesta hacia Bernardo Arévalo, el presidente electo. En este caso estamos ante una ciudadanía harta de la corrupción de los viejos partidos políticos, pero sin una clara opción. Más bien, el camino que los votantes guatemaltecos eligieron fue sacar a aquellos políticos que, de una u otra forma, estuvieran ligados con el ejercicio turbio del poder.
Sin embargo —como sucedió en El Salvador con la elección del presidente Nayib Bukele, hace poco más de cuatro años—, las viejas estructuras de poder se resisten a aceptar el veredicto del pueblo. De ese modo, a través de mecanismos «legales» y de instituciones establecidas, las mafias enquistadas en el poder se han decidido a no permitir la transición. De esa forma, hemos visto que la Fiscalía primero anunció la cancelación del Movimiento Semilla, del ahora presidente electo, para intentar bloquear la participación de Arévalo en la segunda vuelta, lo que recuerda la maniobra de la anterior Sala de lo Constitucional (los tristemente célebres «cuatro fantásticos»), que sin ningún reparo cancelaron el registro de Cambio Democrático (CD) para impedir que el presidente Bukele pudiera participar en las elecciones.
El presidente Bukele logró tal respaldo en las elecciones de 2019 que fue imposible refutar los resultados, aunque los meses siguientes ARENA-FMLN y sus aliados legislativos hicieron todo lo que estuvo a su alcance para tratar de bloquear el trabajo del nuevo Gobierno. Sin embargo, todas las zancadillas legales y los ataques quedaron desvirtuados y terminaron siendo un argumento más para que los salvadoreños votaran, de forma masiva, para que Nuevas Ideas fuera no solo el partido mayoritario en la nueva Asamblea Legislativa, sino que gozara también de la mayoría calificada, un hecho inédito en la historia nacional.
El pueblo salvadoreño pudo pasar la página de la posguerra al decidir votar por un líder como el presidente Bukele y apostar decididamente en las elecciones legislativas para evitar los bloqueos de la vieja y corrupta clase política.
Esa confianza popular en el presidente Bukele no está intacta, sino que, al contrario, crece cada día más gracias a los éxitos en seguridad pública y la positiva transformación de El Salvador en la educación, economía e infraestructura pública.





