Mientras en el Viejo Continente los gobiernos vigilan lo que sus ciudadanos publican en redes sociales, para censurar lo que consideran actitudes violentas o de promoción del odio, en compañías estadounidenses se promueve abiertamente una agenda LGBT en programas de televisión dirigidos a niños, como recientemente denunció el magnate Elon Musk, propietario de la red social X, pero también de grandes compañías como Tesla, Starlink o SpaceX.
Como resultado, Netflix ha perdido casi $15,100 millones en valor de mercado, ya que Musk instó a los usuarios a cancelar el servicio de transmisión, criticando su programación pro-trans y sus iniciativas DEI (diversidad, equidad e inclusión).
En el Reino Unido, en cambio, desde agosto del año pasado se persigue a ciudadanos por lo que publican en redes sociales. A través de la campaña «Piensa antes de publicar» se exhorta a las personas a evitar en redes sociales «el contenido que incita a la violencia o al odio», ya que «puede ser ilegal».
Lo que puede parecer como una iniciativa con buenas intenciones ha provocado arrestos contra personas que han insultado a Hamás por su atentado terrorista del 7 de octubre del año pasado contra Israel. En otras palabras, lo que puede ser ofensivo para unos, para otros no es más que la expresión de su libertad de pensamiento.
En El Salvador, en cambio, cualquiera es libre de publicar en redes sociales lo que quiera, incluyendo críticas elevadas de tono en contra del Gobierno, sin que por ello se haya enviado a nadie a prisión. Lo que sí existen son leyes que protegen la dignidad de las personas, y un particular puede entablar una demanda contra alguien que le haya dañado la reputación.
Los medios de comunicación, que funcionan como órganos de propaganda de la oposición, publican libremente lo que sea, incluyendo desinformación y artículos tendenciosos. Ha sido el público salvadoreño el que ha sabido desechar sus malos contenidos y odio visceral, retirándose de sus audiencias.
Activistas políticos que se autodenominan «periodistas» alegan persecución y, con ese pretexto, buscan asentarse en otros países, cuando la realidad es que sus productos y empresas son rechazadas por el público por su desconexión con la realidad.
En público, empresarios hipócritas se rasgan las vestiduras por el «cierre de espacios», aunque apenas un día antes mandaron a la calle a periodistas con decenas de años de servicio en sus diarios.





