Cuando llegué a Costa Rica, 1972, busqué a Ítalo López Vallecillos, que dirigía desde dos años antes la Editorial Universitaria Centroamericana (Educa, Costa Rica). Pensé que podía trabajar en la edición de libros. Esta vez se trataba de una verdadera editorial. (La de la UES era una imprenta con trabajo editorial). Y se repetía la historia 10 años después: fue en El Salvador (en 1964 él dirigía la editorial de la UES). En el libro que estoy por publicar me extiendo sobre mis dificultades para trabajar como profesor de matemática, educación secundaria.
En Costa Rica me olvidaba de la abogacía y de la docencia. Y comencé a hacer trabajo «freelance», época en que las ediciones de Educa apenas comenzaban, además que el poeta Vallecillos ya tenía un personal. Confió en mis experiencias o quiso apoyar mi reciente estancia en Costa Rica. En esta ocasión, el proceso de edición había avanzado respecto al levantado de textos en metal. Explico: al corregirse las páginas del libro se debía copiar en el procesador las palabras corregidas. Era un gran listado por aparte de los folios del libro. Y había que añadir al texto de modo manual cada palabra. Eso implicaba uso de tijeras, de una cuchilla y una «mesa de luz». Y así se procedía a insertar la palabra corregida sobre el espacio de la palabra recortada por incorrecta. Hasta terminar de corregir el libro.
Era un trabajo manual de hormiga, pero había decidido abandonar la literatura. Esa era mi gran idea en esos momentos cuando me llega la noticia de la muerte de Roque Dalton, y me dije: dejar de escribir era traicionar a mi compañero y hermano de letras.
Mientras hacía ese trabajo manual pensaba en uno de los preceptos de mi época de niño: «A Dios rogando y con el mazo dando». Y este exdocente y aprendiz de abogado sin clientela comenzó a escribir su segunda novela: «Caperucita en la zona roja». A la fuerza espiritual de Dalton se sumó el hecho que ya mi primera novela había sido publicada en la mejor editorial en español de la época: Editorial Sudamericana de Buenos Aires, donde dos años antes García Márquez había publicado sus «Cien años de soledad». Entonces, París sí valía una misa.
En esos intríngulis estaba cuando las universidades centroamericanas abrieron un concurso de novela. Había ganado varios años antes el premio de poesía («En el costado de la luz») y el premio de novela («El valle de las hamacas»). Y si ganaba por tercera vez iba a parecer sospechoso de favoritismo, pues el premio era de $1,000 y se lo podía ganar un desempleado. No estuve de acuerdo con el argumento discriminativo, no decían que anteriores ganadores no podían participar. Además, habrían transcurrido casi 10 años de mi último gane y los jurados eran fuera del área centroamericana. Tuve un gran desánimo que se me borró cuando dos meses después se anunció un certamen latinoamericano de novela. Participé y gané la distinción en una cancha mayor («Caperucita en la zona roja»). Y resulta que el certamen que se me prohibió participar fue declarado desierto. Pude haberlo ganado.
El artista suele encontrarse con estas experiencias desfavorables. Pero debe correr el albur de que se le reconozca hasta después de muerto. Esto me hizo escribir 30 años más tarde otra novela: «Los poetas del mal», que ya tiene traducción en inglés.
Escribir literatura, pintar, componer música, pueden tener el mismo sino: por ejemplo, cito respectivamente a tres clásicos: Franz Kafka pidió que se quemara su obra no publicada; Van Gogh de mil cuadros solo vendió uno en vida; y Mozart (genio en los siglos) fue sepultado en tumba desconocida.
Dedicarse a las artes puede originar un tropezón que haga dar con los dientes en la piedra, como decía mi hermano poeta Dalton. Una vocación que no ofrece bonanza se arriesga a enfrentar inclemencias. Pero esa es la conciencia que consolida un oficio. Cuando Theo Van Gogh, un marchante de pinturas en París, le decía a su hermano Vincent que cambiara los colores —de otro modo no podría colocar sus cuadros—, el pintor respondía que pintaba esos colores porque así miraba el cielo, las flores, los rostros y la realidad. Y nos dejó una gran lección: ver de forma distinta lo que podría parecer correcto es la vía para innovar. Podría cometer errores, pero solo quien no actúa no los comete.






