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Neurociencia en microcerebros

por Ernesto Sanabria, secretario de Prensa de la República
24 de marzo de 2025
En DePalabra
Tiempo de lectura:6 mins read
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Son días vertiginosos en el mundo. Hay agitación política, diplomática y social empujada por guerras y rumores de guerra, por la creciente ola de criminalidad a la que muchos Gobiernos no logran hacer frente, y por el activismo político carnicero de ONG que nacieron para convulsionar lo que puedan solo por llenar sus bolsillos de papel verde.

Hoy mismo conocemos de cómo naciones europeas desempolvan sus presupuestos para apoyar a sus Fuerzas Armadas ante posibles invasiones de personajes que mantienen la pistola cargada sobre la mesa. Otras tratan de contener el desencanto social.

Ciudades ubicadas en Europa Oriental y Asia Occidental son claros ejemplos. Hay conflicto y explosión en las calles porque la realidad política de sus naciones está tensionada a su máxima expresión.

Hay vaivén en la diplomacia tratando de evitar situaciones conflictivas de mayor magnitud. Y todo esto causa excitación social y alborotos

Otras naciones no consiguen doblegar a grupos terroristas que mantienen en luto y zozobra a sus ciudadanos, porque sus gobernantes prefieren enfrascarse en debates estériles al no tener la mínima idea de cómo hacerlo o la intención de cambiar la situación, pues les es más fácil convivir con el crimen.

Es que no importa si la inseguridad se vive por invasiones de una nación a otra — por cuestiones geopolíticas, por apropiarse de recursos o por mostrar su poderío en armas—, por el brazo asesino de narcotraficantes, maras y pandillas, o por administraciones oficiales que prefieren caminar de la mano de la delincuencia, volviéndose cómplices de la sangre inocente que se desparrama en sus comunidades.

Lo de las guerras y sus motivaciones son puntos a tratar posteriormente. Me referiré exclusivamente a las otras situaciones que generan inseguridad en sus pueblos.

Ninguno que se llame patriota puede ser tan cínico de defender gobiernos fallidos cuando todo huele a sangre, cuando son miles de familias las que sufren la pérdida de un ser querido. Patriotismo no es espetar locuras nacionalistas contra otros que sí han obtenido victorias. Ninguno puede creerse «inteligente» cuando lucha por mantener o regresar a un estado de muerte solo para el bien de sus cuentas de «asesoría» o por conseguir financiamiento perverso, como el caso de las ONG y plumíferos de señas conocidas.

Es estúpido atacar lo que funciona, aunque duela por envidia, cuando en algunos lugares prevalece la confrontación egoísta y peligrosa, motivada por ambiciones desmedidas de poder político y económico, que llevan al despeñadero el «modus vivendi» de una sociedad. No hay cuerda de guitarra que aguante.

Todos los Gobiernos poseen lo necesario para establecer un equilibrado bienestar y un desarrollo sostenido, unos más, otro menos, pero lo tienen. Si no, no hubieran peleado por la «guayaba». Si no se hace, ni se intenta, es porque pesa más el egoísmo, la irresponsabilidad, la cultura de muerte, la corrupción, el crimen organizado, el poder de los de cuello blanco y los políticos que viven cómodos en sus burbujas de seguridad.

Prefieren escuchar las lisonjerías de los que se autodenominan «analistas» o de aquellos a quienes la prensa activista llama «expertos», pero que son simples carteristas, estafadores, mequetrefes, filósofos de esquina —como el doctor No—, que caminan con pensamientos de «todólogos», mientras la voz del pueblo clama en sus territorios áridos de paz.

Es que en todos los países las plazas están llenas de estos individuos parásitos del poder, donde la política es más peligrosa que la guerra, como bien lo expresara Winston Churchill.

Son las sociedades las que sufren. A ellas no les importan las balaceras en las redes sociales o en los discursos cargados de «diplomacia». Exigen soluciones permanentes, planes certeros que les devuelvan la seguridad y la tranquilidad y que les ofrezcan un futuro prometedor para sus hijos

No les importa si sus vidas se desarrollan en territorios pequeños o gigantes, o si sus gobernantes se sienten dañados por su señalada inoperatividad. No. La gente inocente, la que tiene sueños y metas, quiere vivir en paz, acompañar a sus hijos en su crecimiento y verlos convertirse en personas de bien.

La gente buena quiere paz. Sabe que debería constituirse en un interés nacional, primario e insoslayable. En El Salvador se logró, aunque se retuerzan de ardor. Y no lo decimos solo los salvadoreños. Cantidades de periodistas e «influencers» de todo el mundo han llegado y están llegando para corroborar si es cierto que el modelo Bukele funciona. Sus reportajes lo dicen todo.

Van a los lugares donde antes nadie podía ingresar, y si alguien entraba, no salía, al menos con vida. Son testigos de esa sonrisa que ahora acompaña a los ciudadanos. Son testigos de cómo la seguridad ha catapultado temas de desarrollo, de emprendimiento. El turismo y la llegada de cada vez más visitantes lo confirman.

Los que hablan sin conocer, desde sus trincheras extranjeras, sin tener conciencia del dolor de más de 6 millones de salvadoreños, son simples charlatanes en la búsqueda de fama y de más seguidores. Fin.

Mientras las naciones no enfrenten como deben la inseguridad de cada día no tendrán espacio para pensar en su futuro ni para construir una patria diferente. Deben romper el esquema que imponen viejos actores políticos que siempre vuelven a escena vendiendo la idea de que se hacían mejor las cosas en el pasado. ¿Mejor para quiénes?

Estos vejestorios enquistados en las instituciones políticas, dondequiera que se encuentren, son ricos en demagogia y mentiras. Son fracasados que se hacen acompañar de «analistas» y que caminan con el «libro de soluciones» bajo el brazo. Maestros del caos es lo que son.

Si realmente quieren tener un territorio en paz para sus ciudadanos, también deben romper el esquema de los poderes fácticos, de aquellos que apenas los divide la delgada línea imaginaria con los narcotraficantes y del crimen organizado. Obviamente esto los activará para desestabilizar y conspirar.

El mundo vive momentos complejos en los que solo los verdaderos líderes sacarán adelante a sus naciones. Y esto requiere de voluntad y valentía, de tener cerca a personas que tengan la misma misión, de retirar a aquellos que solo ven oportunidades de enriquecerse sin importarles que un proyecto bien establecido fracase.

Estén de acuerdo con el modelo Bukele o no —más de 6 millones de salvadoreños e incontables ciudadanos honrados del mundo lo estamos—, cada país debe buscar su traje a la medida en favor de su pueblo y ponérselo, sin tanta paja, en lugar de justificar sus mentes fragmentadas ante tanto fracaso. El Salvador es ejemplo a seguir. Punto.

A nadie le gusta la medicina amarga, pero se toma porque se sabe que curará su mal. Pues entonces, no hay nada que redescubrir, y no es cuestión de popularidad.

Solo en la mente de los que tienen el cerebro del tamaño de un arroz no cabe el éxito de un modelo exitoso, aunque provenga de un país de solo 6 millones de ciudadanos. Solo en sus mentes retorcidas el modelo está siendo «arrastrado».

Ojalá algún día se les hinche el cerebro para que alcance el tamaño de un frijol, tal vez así entiendan. Por ahora, hay que aplicar neurociencia para comprender sus micromentes y trastornos mentales.

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