El padre independentista de la República de Cuba, José Martí, dijo: «Vale más un minuto de pie que una vida de rodillas». Ciertamente, la dignidad de la honra pasa por estar siempre de pie ante la adversidad, por duro que azote; es precisamente ese elemento el que diferencia quien se calza con honra y quien con deshonra. Ser una persona impecable pasa por la honestidad de la dignidad en el pensar, sentir y actuar.
Lo dicho anteriormente precisa de acercar a la palestra tratada una categoría más, que permita acentuar el punto convenido. No se trata de quién es más duro o estoico en su vida cotidiana, sino de quién tiene conciencia clara sobre mantenerse de pie ante todo tipo de golpes de la vida individual o social; y es que cuando hay claridad mental y espiritual, se camina con tal fuerza que se levanta polvo.
Una persona que se honra se sabe merecedor de respeto y estima, y comprende la menesterosa necesidad de respetar y estimar al otro; pues, sabe, como diría el sabio Cabral, que una estrella se mueve cuando se corta un rosal. Lo que a mí me hago, al otro también; lo que al otro hago, a mí mismo me lo hago igualmente. La dignidad es tan intrínseca en el ser humano que no necesita ser concedida, solo accionada.
Aunque la honra nace de la dignidad de sí, es necesario recordar que ella misma posee una trimurti, es decir, una clasificación tripartita: la dignidad ontológica (se nace con ella), la dignidad moral (se crea en sociedad) y la dignidad real (la que se recibe por protección jurídica). Estas tres variaciones en conjunto anquilosan en la persona humana una cualidad única, no vista en los demás reinos (animal, vegetal y mineral).
Solo el ser humano posee ese regalo de la dignidad nacida, creada y fortalecida; claro, esto no dicta un decreto en contra del respeto, cuido y amor a los otros reinos; al contrario, por esa poca conciencia al respecto hemos destruido como menor los otros reinos, cuando solo somos parte de este vasto universo ecológico. Amarse es amar, respetarse es respetar, comprenderse es comprender a todo fuera de sí mismo.
Empero, hay que acotar que la palabra honra proviene del hebreo «kabôd», que indica gloria. Honrarse implica gloria a sí; y honrar a los padres, a la patria y sobre todo a Dios es gloria merecida (entendiendo que la Gloria con mayúscula es solo para papá-Dios); por ello, no se debe calzar con deshonra, pues eso sería ir en contra de la dignidad que nos ha sido otorgada por la divinidad y por el contrato social del cual somos parte.
Así pues, la honra implica una verdadera reverencia a la vida y todos sus componentes. En 1.ª de Pedro 2:17 se plantea de la siguiente manera: «Honrad a todos, amad a los hermanos, temed a Dios, honrad al rey». Como vemos, es un mandato divino la honra para sí y para el otro, para las autoridades y todo lo que ordena; pues solo ello demuestra el fruto del verdadero amor por los demás y por sí mismo.
De tal manera, apreciado lector, que uno debe dejar claro a los demás que, sin importar el trato, hay algo que no puede ser trastocado: la honra, pues de ello depende la convivencia pacífica y la posibilidad de potenciar la grandeza de cada alma a nivel social. Hasta que la vida calle se debe luchar y cultivar la honra como esencia de la eternidad y, ante todo, se ha de sentar las bases para los que vendrán más adelante.
Por ende, recordemos aquel antiguo refrán popular: quien al indigno da honra, mucho más lo deshonra. Que de ahora en adelante se procure la honra de cada individuo según sus méritos, y en cada acto que se haga, ya sea personal, colectivo y estatal. De tal suerte que se vaya construyendo una sociedad más digna, basada en el reconocimiento de la dignidad del otro y, ante todo, de los dichos de los abuelos, que eran tan sabios: antes muerte en pobreza que vida en vileza. ¡Se anima!





