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No soy de aquí ni soy de allá

por Carlos Figueroa, Productor cinematográfico.
18 de septiembre de 2022
En DePalabra
Tiempo de lectura:5 mins read
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 … En la vida todo es ir

a lo que el tiempo deshace.

Sabe el hombre dónde nace

y no dónde va a morir…

Nueva York fue cruel y sigue siendo una ciudad sin sentimientos. Como ya lo he compartido, vivir en Los Ángeles es como vivir en Latinoamérica, es tan grande la diferencia cultural de costa a costa que en Los Ángeles hay rótulos en comercios don­de anuncian que hablan inglés porque realmente reina el español, es como si estuvieses en México. NY es totalmente opuesto, es una ciudad domina­da por ciudadanos de todo el mundo, por lo que el inglés se hace indispensable para comunicarte. Deambular por las principales calles y avenidas de Manhattan es literalmente aprender a caminar.

Llegué a NY exactamente en el punto de la decadencia de la salsa (Fania All Stars), la olea­da migratoria de los dominicanos empezó a desplazarla con el merengue de Wilfrido Vargas con su «Jardinero» y Johnny Ventura con «Pata­cón pisao». Los edificios del Alto Manhattan eran parlantes de la nueva corriente musical que se apoderaba del viejo barrio latino, desplazando a Rubén Blades y Héctor Lavoe.

Empecé a sustituir las pupusas del Molcajete (Pico y Arapahoe) por los bagels con cream chee­se; la sopa de patas y el pescado zarandeado de El Barón (Pico y Crenshaw) por la pizza de las es­quinas del Greenwich Village.

… Caminante, son tus huellas

el camino y nada más;

caminante, no hay camino,

se hace camino al andar.

Al andar se hace el camino,

y al volver la vista atrás

se ve la senda que nunca

se ha de volver a pisar.

Caminante, no hay camino,

sino estelas en la mar…

Creo que sobreviví a esta ciudad porque me aferré a entenderla, descubrirla, adaptarme. No fue nada fácil. Trabajar en la solidaridad me ayudó mucho. Me uní a las protestas masivas en Grand Central Terminal en contra de la dictadura de Baby Doc Duvalier y sus Tonton Macoutes en Haití, pro­testamos contra la represión en contra del IRA en Irlanda del Norte, asumimos como nuestra la lucha permanente en contra del bloqueo hacia Cuba, acogimos en nuestras oficinas a Rigoberta Menchú y su denuncia por las masacres en Gua­temala. Fue tan grande nuestra influencia en la po­lítica gringa doméstica que estábamos en todos lados. Teníamos oficina frente a Naciones Uni­das, a dos cuadras de las Torres Gemelas estaba nuestra sede de comunicaciones, teníamos moni­toreado todo lo que pasaba en la política domés­tica de Estados Unidos. Claro, esto no fue posible sin la solidaridad de ciudadanos norteamericanos que se oponían a la ayuda militar e intervención en Centroamérica. Pero de igual manera fuimos con el tiempo asumiendo luchas locales, los dere­chos de los migrantes, campañas para motivar el voto latino, jornadas para hacer conciencia sobre el cuido del medioambiente.

A diferencia de Los Ángeles, aquí pude codear­me con las principales cadenas noticiosas, como la NBC, CBS y ABC. Por representar al Sistema Venceremos era el enlace para los periodistas que querían ir a El Salvador y poder entrar a los terri­torios controlados. Dan Rather, Peter Jennings, 60 Minutes, todos ellos buscaban nuestros contactos.

… Qué lejos está mi tierra

y, sin embargo, qué cerca,

o es que existe un territorio

donde las sangres se mezclan.

Tanta distancia y camino,

tan diferentes banderas…

Pero NY me estaba enfermando, la nostalgia y la soledad eran siempre mis fieles compañeras. Era tan grave mi adicción a la ciudad que los do­mingos en lugar de leer «The New York Times» en el Washington Square prefería bajar a la estación del subway en la parada de la West 4th para sentar­me en las bancas y escuchar el chillido del tren, ver a los indigentes hurgando en los basureros y, sobre todo, esperar el espectáculo de las ratas tamaño tacuazín haciendo malabares en las líneas del tren.

Me empezaban a dar asco las Navidades en NY. Imposible describir tanto derroche, empezan­do por la pista de patinaje sobre hielo en el Roc­kefeller Center, Macy’s y sus vitrinas vomitando ofertas, toda la 5th Avenue llena de luces tridimen­sionales, la Broadway llena de zombis que cami­nan sin dirección buscando la mejor bufanda, el mejor abrigo, el mejor regalo. Añoraba las Navida­des de mi barrio cerca del McArthur Park.

No me perdono cómo recibí la primera neva­da en NY, que como tonto salí a la calle a abrir la trompa para que me cayeran copos de hielo. Sí parecía dundo.

Para mí, cuando llegaba la Navidad en Man­hattan, empezaba a añorar más intensamente Los Ángeles, las fiestas de las cheras de mi madre que con antelación preparaban su arbolito de Navidad en los pequeños apartamentos que alquilaban en la Rampart, Normandie, Shattos Place, Arapahoe, Bonnie Brae, la Union, Pico y Hoover, la Olympic y Vermont. A veces eran arbolitos de papel pega­dos en la pared por la falta de espacio. Mi madre siempre se las ingeniaba y decoraba los mejores que yo recuerdo. Pero lo mejor de lo mejor eran esas cenas navideñas; ahí sí que ya los hot dogs del Madison Square Garden y los Pretzels de Time Square desaparecían de mi imaginario. Esos pa­nes de chumpe que preparaba mi nana, la tía Mar­ta, la chele Ana no tenían comparación. La salsa estupenda, todos los ingredientes guanacos que eran importados por El Tigre Market o El Liborio.

Cuando ya tenía comprado mi boleto en Peoples Express Airline, y justo cuando el «flight attendant» (aeromozos en esos días) anunciaba que ya se aproximaba el aterrizaje en el aeropuerto de Los Ángeles, las patas me temblaban. Era increíble el nerviosismo y la felicidad que me causaba regresar a los míos, esta vez no en el barrio San Lorenzo, regresar a la Magnolia y Olympic.

… No soy de aquí ni soy de allá,

no tengo edad ni porvenir

y ser feliz es mi color

de identidad.

No soy de aquí ni soy de allá,

no tengo edad ni porvenir

y ser feliz es mi color

de identidad…

Continuará …

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Carlos Figueroa, Productor cinematográfico.

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