Esta semana, al cumplirse dos años del 7 de octubre de 2023, el pueblo palestino recuerda que su tragedia no comenzó ese día; su dolor lleva 77 años de historia, desde la creación del Estado de Israel en 1948 y la Nakba, la catástrofe que expulsó a dos tercios de la población palestina de sus hogares y dio inicio a una ocupación ilegal que continúa vigente. Gaza no vive una guerra, vive un genocidio, vive la prolongación de una injusticia que el mundo ha permitido por demasiado tiempo.
Durante estos dos años el Gobierno de ocupación israelí ha utilizado un recurso perverso: acusar de «antisemitismo» a todo aquel que critique sus crímenes o pida justicia por Palestina. Esa manipulación no solo banaliza un término que tiene un peso histórico real, sino que busca silenciar la conciencia humana del mundo. Criticar los crímenes de guerra de un Estado no es antisemitismo, es un deber moral y jurídico. Nadie debería ser intimidado por exigir respeto por el Derecho Internacional.
A la vez, Israel ha intentado, por todos los medios, deshumanizar al pueblo palestino, presentándolo ante la opinión pública global como una amenaza, un enemigo, una masa sin rostro, seres considerados menos que animales. Esta estrategia de deshumanización se extiende hacia quienes se solidarizan con nuestra causa, criminalizando la empatía y el humanitarismo. El claro ejemplo de ello lo vimos con lo sucedido a la flotilla Sumud, un esfuerzo pacífico e internacional que buscaba llevar ayuda humanitaria a Gaza y que fue interceptada y atacada antes de cumplir su misión. Una agresión que no solo impidió el paso de alimentos y medicinas, se castigó la solidaridad e incluso fueron llamados «terroristas».
Israel también ha intentado borrar los testigos de su propia violencia. Desde octubre de 2023 al menos 274 periodistas han sido asesinados en Gaza, la cifra más alta en un conflicto armado en toda la historia moderna. Cada reportero muerto es una voz que intentaba mostrar al mundo lo que el ejército israelí quiere ocultar: niños enterrados bajo escombros, hospitales bombardeados, familias enteras desaparecidas y los peores crímenes de guerra imaginables. A dos años del genocidio, Israel ha asesinado a más de 67,000 civiles (en su mayoría mujeres y niños), más de 280 trabajadores de Naciones Unidas, herido a más de 169,000 civiles; sin contar las víctimas que se encuentran soterradas.
Pero el Gobierno de Netanyahu no se conformó y decidió usar el hambre como arma de guerra, bloqueando el acceso de alimentos y ayuda humanitaria. Gaza sufre una hambruna impuesta, los niños mueren por desnutrición y falta de medicamentos. Nada puede justificar esta atrocidad. El mundo no puede mirar hacia otro lado, porque no hay neutralidad posible frente a una injusticia tan evidente.
Los pueblos del mundo han alzado la voz y cada vez son más las manifestaciones que exigen el fin del genocidio y de la ocupación ilegal en Palestina. La consciencia humana colectiva es más que evidente y las acciones son inminentemente necesarias para detener esta catástrofe, porque Gaza no solo necesita compasión, necesita que se ponga fin de una vez al mayor genocidio presenciado en vivo.
El mundo debe actuar ya, y poner fin a la deuda acumulada desde 1948, con una Palestina libre, soberana e independiente, respetando el Derecho Internacional y aplicando sin restricción la solución de dos Estados.





