El maestro Francisco Dokushô Villalba decía: «El sentido de la vida surge cuando descubrimos que somos un principio de conciencia, un principio de luz; luz, conciencia luminosa. Somos luz». Ciertamente cada ser humano sobre la faz de este globo terráqueo posee su propia luz, lo sepa o no, lo acepte o no, la utilice o no. Es bajo esta premisa de no utilización de su propia luminosidad que algunos prefieren intentar apagar la luz de otro o robar la luz de otro para poder brillar por sí.
Nada es tan triste como lo expresado con anterioridad; ser capaz de menguar la luz de otro ser, por envidia, fanfarronería o deseo de más, solo por una conciencia dormida, que le hace sentir menos importante para los restantes. Es necesario tener una comprensión profunda de la grandeza divina en cada alma humana para saber que solo erradicando la ignorancia el individuo puede conectar con su atributo espiritual y así alcanzar impresión real de unidad con la creación.
Empero, no hay que adelantarse con la noción de que toda persona bien consciente será luz que alumbre a los demás; no, lastimosamente hay quienes aman ser oscuridad y buscan por todos los medios que se expanda al corazón humano y de la civilización. Sin embargo, menos real es el que la mayoría de los individuos de este vasto mundo solo están dormidos de su conciencia y por ende no han sido capaces de mostrar su luz, y han caído más de alguna vez en la inmoralidad de tratar de apagar la luz de otro (en el trabajo, en la iglesia, en el hogar, en la sociedad), con tal de mostrar un poco de luz ellos.
Hay un intervalo tan ceñido entre el ser y solo estar que desperdiciar la vida en apagar la luz de otro es realmente una cobardía y quizá el mayor de los males de la vida humana y social. Por ende, cada circunstancia en la que se encuentre un ser con luz debe ser mirada con el corazón bonito y permitida que se irradie a todo lo que sea posible. Cada persona ha nacido única, irrepetible, hermosa, que solo falta comprenderlo y aceptarlo, para empezar a brillar exquisitamente y poder aportar luz donde hay oscuridad (el alma humana, la sociedad desanimada, la mente aprisionada).
Es así como cada ser humano está emplazado a intuir la nobleza de su existencia, nadie antes ni después de él será equivalente a él mismo; su conjunto interno y externo le hace especial y por ello meritorio de todo arrojo para ser feliz. La iluminación y trascendencia solo se alcanza siendo y dejando ser, tomando todo como es y respondiendo con libertad y de acuerdo con lo que se es. De ahí que es una obligación moral dar de sí a los demás y a la comunidad; claro, dar teniendo, dar sin quitar y dar por amor a la justicia social.
Así pues, apreciado lector, es necesario comprender como se expresó en el título de esta columna que para poseer luz no necesito apagar la de nadie, es quizá el mayor y mejor trabajo que cada persona puede hacer en su vida, ya que saber quién uno es, de lo que es idóneo, del propósito que se tiene, la misión que se trae y el legado que se ha de dejar, es lo que permite irradiar luz tan fuerte que es capaz de iluminar la mayor oscuridad del alma humana y de la sociedad en general.
Así que cuide su luz, utilice su luz y no le robe luz a nadie, que no la necesita, ya la tiene y es hermosa.






