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Es el momento de reinventarlo todo

por René Martínez Pineda. Sociólogo y escritor ReneMartinezPi1
5 de noviembre de 2025
En DePalabra
Tiempo de lectura:5 mins read
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Si como sociólogos orgánicamente comprometidos con los sectores sociales más vulnerables quisiéramos definir en qué consiste y para qué nos sirve la urgencia epistemológica, la respuesta sería tan lacónica como política, y tan teórica como práctica: consiste en ponernos a reinventar la sociología crítica salvadoreña (para que esté a tono con la reinvención del país) y la revolución social como categoría y movimiento nuevo y hacerlo desde sus fuentes originarias —la realidad concreta heredada— para comprender y luego acompañar las transformaciones sociales que siempre son singulares, aunque no siempre son una singularidad sociológica.

Como prueba rápida de lo anterior, podemos afirmar que uno de los procesos de transformación social más significativos y paradójicos en América Latina durante el siglo XX fue el de México (1910), en el marco de lo que se llamó la «revolución mexicana», y que generó enormes expectativas en su población, porque esta esperaba que se tuviera una comprensión diferente y honesta de lo político, lo social y lo público.

Sin embargo, México se convirtió en una revolución insípida que potenció y legitimó la corrupción institucional, y mutó en una revolución sin líderes revolucionarios abiertos al cambio y a la tolerancia. Sin duda, el caso mexicano fue una transformación social que tenía el aliciente de un imaginario emancipador; una transformación social, como escuela de la utopía social que terminó aplazando a sus estudiantes.

En el caso de El Salvador, producto de los hechos políticos y sociales que se han dado en el país, a partir de 2019 —pasando por la cuarentena mundial de 2020 que puso a prueba nuestra civilidad—, estamos viviendo un tiempo-espacio que demanda que las soluciones a los problemas políticos sean culturales —o no serán soluciones— y que sean debatidas en el territorio del conocimiento social, teniendo como eje la epistemología de lo cotidiano y de las víctimas, de cara a reeditar la teoría sociológica crítica y la transformación social, que es su objeto de estudio desde que surgió como ciencia.

En este momento, lo cultural es la premisa de lo político (por eso el énfasis en el rescate del Centro Histórico y la construcción de nuevas relaciones socioculturales), pues vivimos un tiempo paradójico que nos crea, por un lado, un sentimiento de urgencia por la vida, el cual se juntó con el sentimiento de más urgencia por combatir la delincuencia de forma fulminante (ningún plan de nación es factible con una delincuencia galopante). Por otro lado, la otra gran urgencia, la importante (progreso económico con desarrollo social), es de larga duración y demanda el uso de la construcción de la matriz productiva y competitiva que vuelve más complejo lo que ya lo es, pues implica nuevas estatalidades, racionalidad financiera, radicalidad democrática y, como motor de estas, la digitalización del Estado para convertirlo en un factor social.

El año 2019 fue un parteaguas de la democracia electoral salvadoreña debido a que se vivió, como cultura política democrática en marcha, un hecho político que sorprendió a todo el mundo como un tsunami sin un visible sismo explicativo, acompasado por unos clamores de indignación moral que, literalmente, subieron hasta el cielo de las decisiones y que fue aceptado por la inmensa mayoría como tabla salvadora contra la revolución social sin cambios revolucionarios (abanderada por el casi extinto FMLN), y como un castigo a los autores intelectuales de la sociedad del miedo y sangre en la que vivíamos.

Hay una larga explicación que lleva a la comprensión de lo sucedido en 2019, en unos términos electorales que se refrendaron en 2021 y 2024, lo cual es el resultado de la acumulación de una serie de hechos suscitados en el siglo XX y que se pueden definir como una larga y silenciosa acumulación de fuerzas en la que hubo siete golpes de Estado, al menos 30 masacres y ninguna revolución social triunfante, lo cual nos lleva a plantear la necesidad de reinventar los conceptos, premisas y tesis sobre los procesos de transformación social.

El Salvador es desde 2019 una verdadera fuente para la reinvención social, una oportunidad para demostrar que la utopía social no está hecha de palabras, sino de obras majestuosas, como esa de reconstruir todo el sistema educativo de tal forma que lo público sea mucho mejor que lo privado.

En ese marco en el que los libros demandan la inspiración social, que nace en las calles y las personas que la habitan, se instala la urgencia teórica por redefinir la sociología crítica y la transformación social desde la inédita experiencia salvadoreña, sobre todo en esta coyuntura en la que las ciencias sociales están siendo invadidas, en lo burocrático y gremial, por la derecha negacionista más oscura, ortodoxa e incompetente que, poniendo la inacción como coartada, promueve una sociología dietética, sin compromiso social ni posición moral, frente a la realidad que se desdobla frente a nuestros ojos.

La intención de lo anterior es obvia: que la sociología no se reinvente y no se nutra, como diría el Gramsci de la cárcel, de intelectuales orgánicos que pugnen desde la cotidianidad por construir un nuevo país desde las ruinas del viejo, pero sin reeditar su arquitectura basada en la corrupción e impunidad como gendarmes de la gobernabilidad.

Al decodificar el contexto actual, en el que lo complejo se hace más complejo y lo simple más simple —la causa de los problemas sociales es, más bien, el efecto cultural de los mismos—, descubrimos que desde la cotidianidad y la nostalgia como verdad pragmática estamos en medio de una reinvención de la sociedad y de los procesos que, tradicionalmente, se usan para cambiarla, en el sentido que: o redefinimos la transformación social y sus sujetos revolucionarios en este «otro» contexto y a partir de ello construimos una sociedad distinta con un Estado como sujeto social, o somos destruidos por la sociedad vieja —que se niega a morir mientras los opositores del pueblo hablan de revolución con un whisky en la mano derecha y un sobresueldo mal habido en la izquierda.

El siguiente paso será masivo, y lo dará el pueblo en 2027, cuando con sus votos le dé continuidad a la reinvención absoluta de un país que es, desde cualquier ángulo, prácticamente inédita si consideramos su impacto, celeridad y apoyo popular. Lo anterior será posible porque en el imaginario del pueblo ya no impera la sociedad sometida por la violencia y la corrupción.

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