La educación es la tarea más importante de una sociedad, y es una función esencial del docente; es decir, sin este sujeto histórico social erguido no se pueden dar saltos de calidad en el sistema educativo. En efecto, se trata de tomar en cuenta sus aportes para formar, educar e instruir a los estudiantes, y crear la capacidad de asombro; en otras palabras, brindar herramientas del proceso de enseñanza-aprendizaje innovador en las áreas de conocimiento que se aplican para el desarrollo de las ciencias o disciplinas en los diferentes niveles educativos.
En la realidad social salvadoreña se ha generado un cambio en el Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología (Mineducyt), con el nombramiento de la nueva ministra, quien ya es conocida y querida por la comunidad educativa. Pero la esencia de esta asignación es enfocar los esfuerzos en erradicar la violencia social —eliminar los intentos de fortalecimiento de las pandillas o maras—; se conoce que en muchas escuelas públicas estudian los hijos de los líderes de organizaciones criminales y terroristas.
No en todos los casos, pero algunos adolescentes y jóvenes odian al Estado, porque expresan que el Gobierno metió presos a sus padres o andan huyendo; algunos son hijos de los que tomaban las decisiones sobre asesinatos y extorsiones, etcétera. Por ello, es importante trabajar con la niñez en la prevención social de la violencia, para arrancar de raíz el problema.
Hace una década entregué una propuesta de proyecto de educación preventiva para la cultura de paz, que tenía como objetivo brindar un diagnóstico situacional de la vida de las escuelas públicas de un distrito escolar. En esta recomendaba a esta entidad del Estado crear un equipo multidisciplinario, integrado por médicos, abogados, sociólogos, psicólogos y trabajadores sociales, con el fin de intervenir en las escuelas para propiciar condiciones de armonía social, y que intervinieran con base en su especialidad.
La misión y visión era la siguiente: que diera un resultado como ejemplo, que el médico brindara la salud integral y mantuviera un cuadro clínico de cada niño dentro de la escuela, el abogado garantizaría los derechos de la niñez, el sociólogo realizaría investigación científica, el psicólogo ejecutaría su intervención escolar, y el trabajador social implementaría las visitas de campo. Pero no fue tomada en cuenta por el entonces ministro de Educación (2014-2019).
La implementación de estos proyectos de prevención social de la violencia y erradicación de la vida de la pandillas y maras en las escuelas debe de ser ya un programa permanente, relevante y pertinente; ya que actualmente se tienen las condiciones reales y concretas para que sean ejecutados como agenda programática de la visión de país; es decir, así lograr garantizar un impacto para que el estudiante se empodere y posicione como eje central, ya que la cultura de paz e integración no se imagina, si no que se construye socialmente en colectividad para garantizar el tejido social.
Es clave formar a los estudiantes en lo socioafectivo, es decir, en la vida social y emocional, en mantener los valores éticos, morales, cívicos y espirituales, que son esenciales para la vida. Pero se debe contar con los recursos económicos suficientes para la ejecución de proyectos sociales de carácter socioeducativo que garanticen la prevención social de la violencia.






