El papa Francisco ha convocado el año jubilar 2025 desde el signo de la esperanza. Hablar de esperanza en estos tiempos requiere una extraordinaria fuerza espiritual. El síntoma de nuestras dos últimas décadas es el miedo.
Como señala en su último libro el filósofo coreano Byung-Chul-Han, «El espíritu de la esperanza»: «Lo verdaderamente preocupante es la propagación del clima de miedo. El problema no es el miedo a la pandemia, sino la pandemia de miedo. Las cosas que se hacen por miedo no son abiertas al futuro».
Igualmente, la figura de la guerra exacerba el miedo porque, además de destruir vidas humanas, relaciones sociales y los entornos en donde se habita, derrumba las seguridades, cierra toda perspectiva de futuro y hace en muchos casos de la vida solo supervivencia elemental.
Por ello, la esperanza de la que habla el papa es una virtud teologal que no tiene que ver con una palabra que hoy muy sintomáticamente se ha puesto de moda: la resiliencia. La esperanza cristiana no es resignación. «La esperanza» a la que aludía Pablo en Romanos 4:18 es «contra toda esperanza». La esperanza no se queda en lo que falta, en la ausencia, sino que es fuerza para afrontar las adversidades, como escribía recientemente en un iluminador artículo el jesuita Giovanni Cuacci, en la revista «La Civiltá Cattolica». Pero esa fuerza proviene de que se espera a alguien contra todas las evidencias de la vida cotidiana. Esa es la locura del cristianismo.
En «Literatura del siglo XX y cristianismo», un libro clave para entender la relación entre el mundo de la fe cristiana y el de la novela de buena parte de ese siglo, su autor, Charles Moeller, mostraba la diferente posición frente a la esperanza de Miguel de Unamuno y de Gabriel Marcel. «¿Qué significa la muerte para este yo que piensa, habla y respira?», se preguntaba Unamuno. Lo hacía desde el miedo a la nada. Marcel, en cambio, afrontaba a la muerte como victoria de la soledad y la esperanza como el reencuentro con los otros queridos.
Hablar de la esperanza como virtud teologal significa entonces, señala Cuacci, abandonar el discurso políticamente correcto que hace de la Iglesia católica una ONG que, por su búsqueda de consenso, pierde el fuego del Espíritu y con ello «la capacidad de hablar de la vida eterna, de la bienaventuranza, del vínculo con los seres queridos fallecidos, de la posibilidad de una justicia que pueda resistir las constantes desilusiones que presenta la vida ordinaria. En otras palabras, se pierde la capacidad de transmitir la fuerza profética y de contestación propia del cristianismo».
A la esperanza así entendida no le afectan las oscuridades ni las miserias obvias de quienes tratan de comprender la complejidad de los seres humanos. La esperanza está relacionada directamente con las otras virtudes teologales: la fe y el amor. «La fe es una catedral arraigada en el suelo de un país. El amor es un hospital que acoge a todas las miserias del mundo. Pero sin la esperanza todo esto no sería más que un cementerio».
No es fácil, por tanto, hablar de la esperanza. Si toda época es de encrucijadas, la nuestra no se queda atrás. Hablamos de grandes transformaciones por las que la especie humana entraría en una nueva fase. Nada menos que lo que señalan en su libro sobre «La era de la inteligencia artificial» Henry Kissinger, Eric Schmidt y Daniel Huttenlocher: «Cuatro siglos después de la afirmación de Descartes, en el horizonte se perfila una nueva cuestión: si la inteligencia artificial piensa o se acerca al pensamiento, ¿quiénes somos nosotros?».





