El investigador y escritor John Herman Randall Jr. estableció respecto a la curiosidad de los niños: «Los individuos cuya infancia se prolonga… son capaces de seguir aprendiendo cuando otros ya han llegado al límite de sus facultades y recursos naturales». Precisamente, la capacidad de asombro e interrogante continua, necesaria para el aprendizaje y una vida intelectual fecunda, pasa por nunca perder ese recurso natural inquisitivo e ingenuo.
Si bien es cierto que el mundo cada vez más exige capacidades y competencias desde edades cada vez menores, también es cierto que una mente capaz de amaestramiento en el sentido de aprender, desaprender y reaprender, elementos propios de la filosofía de la educación, son más anquilosados en una persona cuya infancia se le permitió ser niño/a y ante todo descubrir por sí mismo el mundo inmenso y bello que observa en su entorno.
Creo que lo planteado por Christopher Phillips en su libro «Sócrates Café» es más que necesario: “Los niños hacen maravillas con la filosofía y la filosofía hace maravilla en ellos”. Es fundamental, pues, que se acerque a la niñez salvadoreña al sabio y exuberante arte de filosofar, pero no como aspecto meramente académico, sino, ante todo, como un modo de preguntarse y responderse de ese mundo al que entrará.
Las instituciones educativas y los padres en su hogar deben prolongar la niñez acompañada de continuos círculos de debate sobre el mundo que ven y que palpan, que muchas veces no comprenden, pero que sí están dispuestos y atentos a entender, absorber, utilizar y transformar. La capacidad de curiosidad de la infancia es un tesoro para su alma y para su futuro pensamiento, que se ha de volver riguroso y fascinante.
Por lo tanto, se debe fomentar esa curiosidad que es natural en el ser humano; ya lo decía el maestro Aristóteles, que el ser humano siempre está inclinado hacia el saber o, como mínimo, a la curiosidad. Pues bien, si queremos nuevas generaciones de niños que se vuelvan jóvenes y adultos responsables y maduros con la sociedad y el país que les demanda, entonces se debe comenzar desde ya a prolongar su niñez y su curiosidad.
Es así que no queda más que potenciar en la niñez salvadoreña un presente lleno de asombro, preguntas, respuestas y fantasía ingeniosa, que le lleve en su futuro a la capacidad de investigar y escribir lo que le apasiona, y con ello dar respuestas a los mayores fenómenos y problemáticas del país. Ya se ha observado que más asignaturas e información excesiva ha llevado a la niñez y juventud a una infoxicación peligrosa.
Una mente más libre y abierta a observar y el debate es lo que realmente llevará a nuevas generaciones despiertas, curiosas y sanas mentalmente, para aportar realmente a la sociedad; creo que los casi 20 años de enseñanza universitaria me han permitido agudizar los sentidos y comprender cómo se está enfermando a la juventud, por esa niñez llena de información que no resuelve sus interrogantes más existenciales.
Empero, aclaro que no estoy propugnando por una reforma educativa que quite la rigurosidad de la ciencia y el pensamiento crítico que tanto se ha necesitado en nuestro país, pero sí considero —a pluma de buen observador de la realidad— que es necesario darle a la niñez más extensión, a fin de que posea esa capacidad de inquisición propia de su edad, confirmado por los extensos trabajos de investigación en la niñez de Jerome Bruner y John Holt.
A los niños les encanta el mundo, esa es la razón por la que se les dé tan bien aprender y con una connotación maravillosa, de un amor que se va perdiendo en la adultez por aprendizajes y técnicas rígidas que nos hacen más formales, pero menos naturales y observantes de la realidad. El verdadero núcleo de la educación fue dejar florecer desde el interior al ser para saber, ¿cuándo perdimos ese enfoque y nos metimos en un mundo rígido y sin alma?
Padres, maestros, no teman prolongar la niñez de sus hijos y alumnos, y ante todo permitan que ellos puedan observar la realidad, palparla y crear continuamente debates sobre ese ambiente; solo esa mente natural inquisitiva de los niños, esa curiosidad encantadora y supracientífica, es la que permitirá una juventud y una adultez dispuesta a aprender siempre, pero también dispuesta a transformar la realidad y a amar este mundo y sus habitantes.






