Hace algunos días me encontraba alrededor de las 6 de la mañana en la puerta 85 A del aeropuerto internacional de Zúrich esperando el vuelo de Iberia 3475, que me llevaría hasta Madrid, para luego continuar la ruta en dirección a El Salvador.
Desde la terminal de espera del aeropuerto se podía apreciar cómo la nieve cubría los aviones en la pista; de repente, mi mente fue invadida por un sinnúmero de pensamientos, entre los cuales cabe mencionar mi llegada a Europa hace tres décadas.
Por cierto, una estadía en el continente europeo que estaba programada para dos años, pero debido a la falta de oportunidades en El Salvador, guerra, inseguridad, violencia y delincuencia a escala nacional, no tuve más alternativa que integrarme a la cultura alpina.
Suiza es una nación que, más allá de ser la casa donde se originó la historia de Heidi, es un país pequeño, pero con uno de los ingresos per cápita más altos del mundo, un sistema de educación incomparable y donde se realizan grandes transacciones económicas por parte de multinacionales, dentro del marco del comercio internacional y con una moneda muy estable.
Antes de mi partida se podía escuchar en las diferentes radios de El Salvador una noticia que nos conmovió a todos, me refiero específicamente a la masacre de los padres jesuitas de la UCA y de dos colaboradoras por parte del Ejército salvadoreño.
Exactamente un mes antes de este horrendo crimen, el padre Ellacuría entregó por última vez títulos académicos de la Facultad de Economía y Ciencias Sociales a un grupo de estudiantes, entre los cuales estaba su servidor, una situación que nos marcó a todos los graduados; y es que los sacerdotes jesuitas fueron nuestros maestros, y hasta el día de su muerte trabajaron por la educación de miles de estudiantes. Los nombres de los sacerdotes jesuitas asesinados obedecían a: Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Ignacio Martín-Baró, Amando López, Juan Ramón Moreno y el salvadoreño Joaquín López.
Bajo esas circunstancias y en medio de una guerra, me tocó salir de la patria con destino a Suiza; ahí se quedaron mis padres, mis familiares, mis amigos de toda la vida. Con el tiempo llegaban noticias de algún familiar, amigo, conocido, que había fallecido como consecuencia de la guerra, violencia o muerte natural.
Como todo salvadoreño que abandona su país de origen, me tocó integrarme a una cultura diferente. Sin embargo, al pasar de los años siempre estaba una espina que me insinuaba que tenía que regresar, pero debido a las circunstancias que atravesaba nuestro terruño todo terminaba en ilusión o un sueño incumplido.
Ningún salvadoreño que viajó durante esos años oscuros por motivos laborales, placer, hermano lejano, me dejará mentir sobre que en el exterior en la década de los ochenta nos conocían por ser un país violento, como consecuencia de la guerra, por la muerte de monseñor Romero y de los curas jesuitas de la UCA.
Una vez entrados los noventa y finalizada la guerra se nos señaló por ser un país peligroso, violento, y más adelante, a finales de la mencionada década, se nos identificaba por ser uno de los países más peligrosos del mundo como consecuencia de la violencia generada por las diferentes pandillas a lo largo y ancho del país.
La violencia provocada por los pandilleros se había convertido en la viñeta que nos identificaba en cualquier aeropuerto, ciudad, lugar, y cuando hablábamos con extranjeros, siempre salía el mentado tema, que para muchos de nosotros algunas veces resultaba hasta bochornoso continuar este tipo de conversaciones, por no decir vergonzoso.
Hoy, después de tres décadas de espera, que es mi caso particular, estoy convencido de que las cosas cambiaron de manera radical y para siempre. Ahora, El Salvador se convierte en un país que ofrece las condiciones para radicarse y disfrutar de la familia, los amigos, los conocidos, sin tener que pensar en los horrores que causaron los grupos delictivos durante muchos años.
Ahora, muchos hermanos lejanos residentes en el exterior tienen la oportunidad de regresar a invertir en el país, generar nuevas fuentes de empleo y pasar su vejez en la tierra que los vio nacer, crecer. Y es que, cuando se vive fuera, nos perdemos eventos tan importantes en la vida de todo ser humano, como son celebraciones de fin de año, casamientos, eventos religiosos, funerales.
Cuando hablo con la gente en cualquier parte del país, se puede notar un ambiente totalmente diferente, y algunos conocidos me cuentan que pueden circular libremente en sus colonias. Al parecer, poco a poco, la gente comienza a gozar de una mejor calidad de vida, sus hijos pueden correr en el pasaje, algunos emprendedores están abriendo sus negocios y muchos salvadoreños pueden regresar a su casa después del trabajo sin tener que toparse con delincuentes.
Finalmente, me cuesta entender la falta de interés por parte de ARENA y el FMLN para erradicar el fenómeno de las pandillas en tiempos de su gobernanza, y todo esto me lleva a reflexionar en torno a la frase de Dante Alighieri: «Cuando el deseo supera la razón, el ser humano está condenado al fracaso…», y eso es precisamente lo que les sucedió a los que nos gobernaron en el pasado reciente: su deseo desmedido de poder, de enriquecerse a costas del pueblo, la corrupción y los intereses particulares fueron tan grandes que dejaron de lado la razón de su existencia. La razón principal de todo gobierno debe estar centrada en su gente, en brindar mejores condiciones de seguridad, salud, educación. Pero sucedió todo lo contrario.
Hoy, El Salvador está cambiando y vale la pena envejecer en la tierra que nos vio nacer…





