En la jungla de las plumas, los supuestos y los anonimatos por «temor a represalias» son la fuente «veraz» para crear grandes escritos que se venden como «investigaciones serias», en la que se suben los amigos de los amigos que se cubren con el mismo paraguas del magnate de los medios de perversión.
En su testarudez, a los escribientes les vale un comino la distancia entre informar y hacer creer, y con los «supuestos» en cualquier tema asaltan el permiso de construir historias con medias verdades o falseando y tergiversando todo tipo de datos. Son carniceros inmisericordes hasta con quienes están detrás de cada persona, pues no les importa la reputación o la inocencia de a quien linchan mediáticamente.
El periodismo militante es cosa del pasado, al menos en nuestro país. La brújula que apunta a lo ético se les averió hace muchos años, quizá por el hambre de poder y de dinero o por el afán de los dueños de sus medios de creer que aún pueden poner o quitar «reyes».
La danza de sus letras, de sus párrafos, solo representa la bajeza del activismo político que sobreabunda en sus cabezas. Sus «modus operandi» les parece loable, al menos es lo que lisonjea los intereses de sus esclavistas con dinero. Por eso saturan sus sitios webs y redes sociales con porquerías «periodísticas», con conspiraciones muy al estilo de la cinematografía de Richard Donner en «El complot» creyendo que caminan por las calles de la fama y la decencia. ¡Por favor!
El fanatismo es tal que creen saber todo sobre los propósitos «secretos» de las acciones de todo aquel que ocupa un cargo público. Van por ellos, y cuando se comprueba la inocencia o se conoce que las cosas no son tal cual las publicaron con bestialidad, prefieren cuestionar los fallos o la verdad misma con el afán de no verse mal ante sus públicos.
Realmente es una vergüenza que la profesión, que una vez fue noble, ahora chapucea con el agua hasta el cuello en el océano de fanatismo, resentimiento, envidia, oferta del mejor postor y oportunismo rastrero. Por eso dan voz a los sedientos de cinco minutos de fama –léase loqueros, cantineros, borrachos exiliados, mercaderes de púlpito, leguleyos, entre otros—. Los plumíferos son simples autómatas de los poderosos creadores del sistema corrupto y asesino bipartidista, de quienes reciben una sola llamada para volverse guasones en la jungla de las letras.
El salvajismo de artículos construidos sobre la base de anonimatos, de supuestos o del «yo estoy seguro de que…» es tan común en nuestra sociedad que la verdad vive en el mundo de lo difuso manoseado por personajes a quienes les interesa forjar el caos desde adentro o desde afuera, incluso en el núcleo mismo en el que deambulan los cortesanos. Bien dijo el padre de la novela moderna, Honoré de Balzac: «La envidia es una declaración de inferioridad». Y es eso lo que mueve a algunos organizadores del desorden vestidos con ropajes ingeniosos de lealtad, mientras resbalan saliva de ambición.
No existe la menor duda de que estamos en una coyuntura en la que se hace gala del periodismo más sensacionalista y abyecto, con falta absoluta de ética y humanismo. Saben que las fanfarrias solo provienen de los que abrazan sus mismos intereses, que tienen sus mismos sueños de volver al sistema de los gemelos ARENA y FMLN, y hacen oídos sordos a los desprecios e insultos de los salvadoreños honestos que aman su patria y dan su respaldo al presidente Nayib Bukele. La nueva realidad de más de 6 millones de ciudadanos no les interesa.
Es un canibalismo periodístico que considera totalmente idiotas a sus consumidores, quienes viven absortos en sus relatos absurdos.
A pesar de ustedes, mercenarios de las letras, que sudan humores ajenos y despiden inmediatamente el olor de quienes les pagan, el país avanza con firmeza en la nueva historia de bien de la que ustedes no participan.





