En el incipiente inicio de la tarde llegan sus pasos y su voz amenizando los diálogos entre las flores de su jardín. Despiertan entonces las células de mi cuerpo y empiezan las razones para vivir la poesía y con ella el entretejido vaivén sincronizado del sentirme parte del universo expandido de imágenes y colores; vertientes y montañas inexploradas que imponen un norte al vivir. Quiero tener sus ojos sobre mi frágil y desproporcionada estructura infrahumana.
Deseo sus brazos prolonguen en la distancia el querer estar acariciando mis ansiedades en esta locura habitante de nuestro amor. Esperando sus besos están mis labios. Egoísta silencio que no deja de iluminar el paso al encuentro imperecedero del amor… Pero ¿por qué vivimos y para qué vivimos? ¿Qué sentido tiene vivir para morir si no vivimos?
Aparecemos de un accidente genético que ha evolucionado hasta lo que somos, esta materia amorfa, creadores de bombas atómicas y de la medicina. Capaces de hacer viajes espaciales y de clavarnos una daga entre nosotros por cualquier miseria del ego: codicia, envidia, ambición. Entonces aquel decir «no somos nada», y toda la filosofía que apunta a la insignificancia de la vida de nuestra especie, más parafernalia que filosofía, nos determina transeúntes ocasionales en este espacio habitable del planeta.
¿Y las búsquedas? De vida en otro mundo mientras destruimos impunemente las posibilidades ambientales que nos proporciona este. Es la razón de la sinrazón de nuestro vivir. Somos idealistas o idiotas. Absurdos o necios o ilusos. ¿Qué somos? Creamos, inventamos dioses de barro, dioses fantásticos con las perfecciones y las fantasías del hombre, incapaces de crear seres superiores, simplemente. Pero con nuestra fisionomía, vestidos como nosotros… y me detengo porque estoy hablando puras pendejadas que no van a cambiar el mundo. Nada intrascendente o desconocido en este ir y venir de aseveraciones irresolutas. Sin mirar la inmensidad ni la pequeñez que nos rodea. Desde un mediocre punto de vista, sin raciocinio ni inteligencia.
Leí de alguien, creo que en la web «incluyeme.com», la biografía de Nick Vujicic: si la vida fuera lucha se llamaría lucha y no vida. La existencia inequívocamente se produce en un tiempo ya determinado por la resistencia de nuestro cuerpo, total materia, composición celular. En ese período que nos toca existir, solo la supervivencia nos impone consumir nutrientes para mantenernos vivos, y como esos elementos consumibles están en un mercado establecido por los «vivos» que nos antecedieron, tenemos que producir las monedas de cambio para adquirir el sustento. Para lograrlo debemos entonces que intercambiar nuestra fuerza e inteligencia en una faena llamada trabajo, al servicio de esos vivos primarios o primates que llegaron a administrar la naturaleza para el beneficio de sus bolsas.
Claro que cuando hablo de los recién llegados me refiero a los poetas, esa especie que crea el amor y la vida en la oscuridad exquisita de los intestinos subhumanos, donde se fraguan las soledades y los versos infinitos.
Ciencia y tecnología avanzan inclementes hacia la obtención de un nuevo espacio para sobrevivir. La poesía pernocta en las vísceras del alma, cavando la fosa para enterrarla cuando ya no incita al festín de auroras en el amanecer de dioses inimaginables…
Ella se va de nuevo esta noche
Es el misterio de la vida
No tener la calidez de su piel
Cerca de mis latidos
Esta noche
Cuatro de la madrugada, imposible conciliar el sueño, decido dejar unas notas de mi desvelo.





