Si nunca tuviste una mascota de cipote, lidiar con una ya de viejo puede ser problemático. Yo jamás tuve gatos, pericos, ni mucho menos chuchos. Lo más cercano fue un aguacatero que aparecía en el mesón y al que llamábamos Comecuandohay, El Cuto. Si queríamos ponernos creativos, le decíamos Danger, Rin Tin Tin o Lassie. Todos lo jodíamos (hacer bullying le dicen ahora), le dábamos tortillas tiesas y sobras. Era un chucho seco, pulgoso y hocicudo, que se cagaba por todos lados; las vecinas lo espantaban a puro guacalazo de agua chuca. No tenía dueño, solo aparecía cuando jugábamos chibolas, trompo o pelota.
Cuando lo veíamos pegado con alguna chucha igual de aguacatera, le tirábamos lo que fuera para separarlos; obvio que sin éxito. Un día dejó de venir. Lo buscamos una mañana, pero rápido se nos olvidó. A nadie le hizo falta.
Años después mi abuela me regaló un pollito pintado de verde, de esos que venden en el mercado. Se me escapó apenas me lo dio. Corrí tras él, y al cruzar la calle le puse el pie encima para evitar que lo atropellaran… pero fui yo quien lo destripó. Tal vez ese trauma fue suficiente para no querer nunca más una mascota.
Pero uno se casa, tiene hijos y termina cediendo a la democracia familiar. A pesar de mi oposición, siempre ha habido chuchos en la casa. Los cipotes son así: quieren razas exóticas, pero no se hacen cargo de nada. Todo recae en uno: vacunarlos, bañarlos, recoger las cagadas, tener paciencia cuando destruyen zapatos, muebles, papel higiénico, todo lo que encuentran mal ubicado. Para los cipotes es solo tomarse la selfie y pasearlos de vez en cuando.
Nunca hemos tenido chuchos, solo chuchas. Han pasado varias por la casa: Nala, Blacky, Manchitas, Luna… y ahora Rumba. Una se perdió, otra se la robaron, otra murió de vieja. Luna se fue por una malformación genética que le paralizó la cadera. Tuvimos que dormirla; fue una pérdida que nos dolió profundamente. Le dije a Thirza que no quería pasar por lo mismo. Que ya no más chuchas.
Pero pocos meses después recibí la llamada que temía: «Amorcito, ¿podés venir a los Planes? Tenemos una sorpresa». Lo supe de inmediato: otra chucha.
En un taller, sobre una manta sucia, había cuatro labradores recién nacidos: dos cafecitos y dos negritos. Dicen que los perros escogen a su dueño, yo no me la creo, pero bueno. Una chuchita negra, feíta, se separó del grupo y fue directo adonde estaba Thirza, quien con una lágrima en los ojos dijo: «¡Ella es la mía!». Y yo: «¡Noooo!». Para colmo, ahí mismo le puso el nombre: Rumba.
Cuando Thirza estaba en su cuarta quimio, me dijo en tono de despedida, casi profético: «Te dejo de castigo a Rumba», y mirando a la perrita, le dijo: «Tu tata nunca te quiso, pero ahora tendrá que aguantarte».
Desde entonces Rumba se convirtió en mi sombra. Detecta cuando estoy depre y se me acerca en silencio, se echa a la par mía, me pone la patita y me mira fijo, como preguntando qué me pasa. Tenemos un ritual diario: caminamos al menos una hora en la mañana y otra en la tarde. Si no llego temprano a casa, me entra una ansiedad rara… como si algo me faltara.
Rumba es pura energía, juguetona, y hasta se ha vuelto «tiktokera». Pero más allá de todo eso, es mi compañera incondicional. Y cada vez que siento lo mucho que dependemos el uno del otro recuerdo las palabras de Thirza: «Esa chucha será tu castigo».
Hoy puedo decirle a Thirza que Rumba no ha sido un castigo, sino un regalo. En ella viven la Luna, el pollito que destripé y el chucho cuto que nunca volvió al barrio.
PD: Los pocos que han leído esta historia me acusan de ser influenciado por las series turcas. Mmm, no lo sé, Rick.





