Vivo en una fresca y apacible comunidad situada al pie de las montañas en el departamento de Sonsonate, con gente que aún conserva los inconfundibles rasgos y una sonrisa feliz y sincera que solo se ve en los descendientes de nuestros pueblos originales.
Los indicios de nuestra descendencia ancestral no solo se ven en nuestra gente, hay por todos lados señales de una civilización que allí se desarrolló en tiempos ya olvidados. Señales que posiblemente indiquen el camino para desentrañar nuestro pasado que se niega a ser develado.
La gente de mi comunidad ha crecido tropezándose con esos vestigios que les muestran sus orígenes: fragmentos de utensilios hechos de piedra o barro utilizados para uso doméstico o quizá ceremonial, partes de figurillas humanas, montículos de tierra que parecen haber sido puntos de adoración, etcétera.
Desde el momento en que encontrarse con esas manifestaciones de nuestro pasado se convirtió en algo común y cotidiano, y por el desconocimiento mismo, la gente nunca les dio la importancia que merecen. Importancia que sí le han dado muchos que en distintas ocasiones han intentado descubrir nuestras raíces.
Hace algunos días, vi llegar a los alrededores de mi comunidad personas extrañas que cargaban equipos bastante sofisticados, que se usan para detectar cualquier tipo de formación interesante bajo la tierra. No sabía quiénes eran, hasta que un día, por medio de las noticias, me di cuenta de que era un grupo de arqueólogos polacos que, junto con una universidad privada de nuestro país, estaba interesado en investigar el área.
Aunque me gustaría saber de dónde vengo y quiénes fueron mis ancestros, eso no evitó que naciera en mí cierta preocupación por la mencionada actividad. Y es que he leído bastante sobre el saqueo de piezas arqueológicas que se ha hecho en muchos lugares utilizando como pretexto una investigación científica.
Partiendo de ese temor, procuré averiguar cuánto conocimiento tenía el Ministerio de Cultura sobre el asunto y hasta dónde podía estar involucrado en su papel de cuidar que esos procedimientos se hagan en regla. Resulta que en ese afán encontré una nota del mencionado ministerio en línea (que por cierto no le vi fecha de publicación por ningún lado), en la cual manifestaba tener conocimiento de la situación y que su nivel de participación consistía, entre otras cosas, en la asignación de un arqueólogo institucional que se encargaría de monitorear las distintas actividades.
Aunque me pareció que con eso el ministerio cumple en parte con lo que le compete —porque no sé en lo demás—, quise indagar en el lugar donde la investigación se llevaba a cabo. Al fin y al cabo era como ir a dar un paseo por el campo.
En efecto, la designada del Ministerio de Cultura es una joven arqueóloga que me trató amablemente, así como también lo hicieron los técnicos universitarios y el experto polaco, que dicho sea de paso no tenían por qué; digo… no era yo un enviado especial de nada ni de nadie.
A pesar de mi preocupación inicial, aplaudo la investigación. Ojalá se produzcan hallazgos importantes que, además de ayudar a descubrir quiénes somos y de dónde venimos, puedan dar a la comunidad un valor agregado que la coloque en el mapa como lugar de interés. Claro, siempre haciendo hincapié en que nuestro patrimonio se debe cuidar.






