Desde que el Centro Histórico se recuperó y las pandillas están en prisión, el potencial dinámico del corazón de El Salvador comenzó de forma vibrante.
Lo que durante muchos años fue una ciudad fantasma pasadas las 6 de la tarde, llena de carreras desenfrenadas y angustiosas de los que buscaban llegar a sus casas a la hora que se ponía el sol, se ha convertido ahora en uno de los destinos turísticos más importantes del país.
El aumento de la seguridad ha recuperado la vitalidad de la ciudad. Ahora familias salvadoreñas y visitantes extranjeros caminan tranquilamente después de la medianoche, incluso de madrugada, algo impensable cuando las maras habían convertido la zona en su teatro de operaciones para cometer y organizar delitos.
De acuerdo con el economista Stuart B. Donovan, especializado en desarrollo urbanístico y autor de varios estudios de ciudades en Australia y Nueva Zelanda, «el crimen tiene efectos negativos significativos en los resultados urbanos, como los servicios, la productividad y el crecimiento de la población».
Eso es lo que pasaba exactamente en todo el territorio nacional cuando las pandillas dominaban barrios, colonias, cantones y caseríos con la anuencia y complicidad de los gobiernos de ARENA y del FMLN.
A esto se sumaba la condena que caía sobre cualquier joven que veía truncado su futuro, pues su vida corría peligro o era obligado a incorporarse a la pandilla.
La falta de oportunidades provocada por tan alta criminalidad impedía el surgimiento de oportunidades tanto educativas como laborales. Desde temprana edad se dedicaban a trabajar para llevar sustento a sus familias. Pensar en estudiar estaba fuera de sus planes.
La superación de la inseguridad en El Salvador plantea el reto de incorporar en la vida productiva a todos estos jóvenes que antes eran perseguidos por las maras.
Para superar estos problemas, el presidente Nayib Bukele ha lanzado el proyecto más ambicioso de formación en estudios superiores.
Prácticamente, todos los bachilleres continuarán su formación académica con becas en universidades, instituciones de educación superior o de estudios técnicos y vocacionales. Esto permitirá la formación de un fuerte y sano tejido social que mejorará las condiciones de vida de todo el país.
El Salvador vive un proceso de cambios y este, en particular, es profundamente cultural. Ampliará los horizontes e implica una estrecha colaboración del Estado, los docentes, los alumnos y la sociedad civil.





