El sueño no es un simple descanso, es un proceso biológico crucial para el desarrollo de todas las personas, donde el cuerpo está tranquilo, se relaja y realiza funciones de reparación celular vitales que no ocurren durante la vigilia (estado de quien está despierto). En el adulto, según explica la doctora Fernanda Espinoza, especialista en pediatría y neonatología, existen dos tipos de sueño: no REM que tiene tres fases, cuando se está quedando dormido; el sueño ligero y el sueño profundo que es donde realmente se descansa.
En el sueño REM (Rapid Eye Movement, en español movimiento rápido de los ojos), la movilidad ocular es evidente, aunque no visible. Es el momento en que se procesan los sueños emocionales, por ello el descanso es menor que en la fase de sueño profundo; sin embargo, en edades tempranas la fase de vigilia-sueño es más inespecífica y varía según la edad del menor.
«Los recién nacidos viven la etapa donde el 90 % del día pasan dormidos. Empiezan con un sueño activo, donde se puede ver con los ojitos cerrados, pueden hacer muecas, pueden sonreír y tener movimientos involuntarios. Posteriormente, el bebé entra en un sueño tranquilo donde no hay movimientos y su respiración es regular», explica la experta.
A medida que los niños crecen, sus patrones de sueño evolucionan. Si bien los primeros tres meses son los más irregulares, a partir del cuarto mes los ciclos de sueño-vigilia se vuelven más predecibles. Es en este punto cuando es crucial establecer rutinas que favorezcan un descanso reparador, y es aquí donde se incluyen las siestas.
«Por los seis u ocho meses podríamos decir que el sueño infantil se parece un poquito más al sueño del adulto porque desaparece la siesta matutina, nos quedamos solo con la vespertina. Entonces, el sueño de la noche cada vez se va haciendo más largo», añade la doctora.
En cuanto a la seguridad, este es un factor no negociable a la hora de acostar a un bebé. Aunque la decisión de practicar el colecho (dormir con el bebé en la misma cama) es de los padres; no obstante, las recomendaciones de expertos sugieren que el bebé duerma en su propio espacio.
Colocar la cuna cerca de la cama de los padres no solo disminuye la ansiedad de la madre, sino que también reduce el riesgo de muerte súbita del lactante.
Para evitar accidentes, el lugar de descanso del bebé debe ser un área segura y firme, donde se debe evitar el exceso de peluches, almohadas o cobijas en la cuna. En su lugar, se pueden utilizar sacos de dormir especiales para bebés, que los mantienen bien abrigados sin el riesgo de que la tela cubra su cara.
De igual manera, relata la neonatóloga, en la etapa de la adolescencia puede ocurrir la regresión de sueño (sueño alterado), lo cual es normal siempre y cuando no haya otros factores que estén provocando insomnio.
«Cuando el paciente entra a la pubertad hay un periodo que es fisiológico, es decir, que es más difícil para ellos irse acostar a una hora establecida y ahí no hay que imponerle al niño una hora de dormir porque puede generar ansiedad y estrés. En estos casos se recomienda que haya un gasto energético por las mañanas para que en la noche ya se sientan cansados, digamos», comparte la especialista.
Es importante recordar que si un niño no duerme lo suficiente puede volverse irritable y tener dificultades en muchos aspectos de su vida. Los padres tienen un rol fundamental en promover hábitos saludables de sueño, creando un ambiente propicio para el descanso y evitando que la luz artificial o los ruidos perturben el sueño de sus hijos.
Si desea conocer más al respecto o necesita apoyo para establecer un horario adecuado para el descanso de su hijo o hija, puede concertar cita con la doctora Espinoza, ya sea a través del número 7745-4760 o en redes sociales donde la encuentra como doctora Fernanda Espinoza.








