La aprobación de la Ley General de Recursos Hídricos significó saldar una deuda histórica de más de una dé­cada en la Asamblea Legislativa que se fue ampliando cuando los partidos ARENA y FMLN, que estuvieron 30 años en el Ejecutivo, engavetaban propuesta tras propuesta.

Ni la derecha ni la izquierda tradicionales, ya moribundas, tu­vieron el interés verdadero de otorgarle al país un marco legal que garantizara, en primer lugar, que el agua sería un derecho, y con ello, en segundo lugar, un abastecimiento de calidad y no, como mencionó acertadamente la diputada Sandra Martínez, mantener al pueblo salvadoreño condenado al cántaro, al barril o al chorrito.

La emoción de la diputada cian, quien fue atacada verbal­mente cuando se discutía el articulado en la comisión «ad hoc» creada para analizar el anteproyecto de ley, debería ser comparti­da por todos los residentes de El Salvador, pues luego de 15 años en que se pusieron trabas por responder a intereses particulares, la ley de 179 artículos fue aprobada con 65 votos.

Pero no pasaron ni 24 horas cuando miembros de ciertas or­ganizaciones montaron una conferencia de prensa para anunciar que estaban en contra de lo aprobado. Son las mismas que cuan­do ARENA dijo que apoyaría dicha ley se opusieron, y cuando el FMLN lo hizo también la rechazaron, aunque en menor medida porque se suponía que tenían ideales socialistas en común. Ahora que el pueblo le otorgó la correlación a Nuevas Ideas en la Asamblea Legislativa para saldar deudas históricas, retoman su oposición.

Estuvieron, están y estarán en contra. Conocemos las razones: buscan mante­nerse con el discurso confrontativo y de negación para no seguir perdiendo adep­tos ni financiamiento, del exterior princi­palmente, que es otorgado por instancias que también cuestionan a los gobiernos de turno, a veces «solo porque sí».

¿Quién, objetivamente, se opondría a una ley que desde su primer artículo bus­ca garantizar un abastecimiento hídrico de óptima calidad y suficiente cantidad? Solo los que quieren seguir con el discurso de oposición, como lo hacen algunos diputa­dos que, sin leer el dictamen de la comisión «ad hoc», criticaron lo que se aprobaría en el pleno. Es un libreto reconocido al que le quieren seguir sacando lustre.

Veamos someramente algunos pun­tos de la nueva ley: se reconoce el dere­cho humano al agua y al saneamiento; el agua no podrá ser privatizada bajo ningu­na condición; se crea la institucionalidad que ordene y articule los usos y aprove­chamientos de los recursos hídricos, así como la gestión adecuada de los vertidos; se establece que es un bien nacional de uso público, inalienable, inembargable e imprescriptible; se crea la Autoridad Sal­vadoreña del Agua, instancia superior, deliberativa, rectora y normativa en ma­teria de política de los recursos hídricos; se establecen los organismos zonales de cuenca como entes técnicos administra­tivos de la ASA a nivel zonal; se creará un Comité de Gestión de Cursos de Agua In­ternacional, a través de la ASA; se obliga al Estado a fomentar el desarrollo de las ca­pacidades de las juntas de agua en zonas urbanas y rurales para el cumplimiento de la normativa correspondiente.

Además, se establece que toda la in­formación sobre las aguas superficiales y subterráneas será recopilada, almacena­da y sistematizada para conformar el Sis­tema de Información Hídrica; habrá Regis­tro Nacional de los Recursos Hídricos; se consigna que el uso doméstico del agua no requerirá autorización ni será sujeto de cobro de canon de uso y aprovechamiento por parte de la ASA; el Estado deberá fo­mentar el aprovechamiento y la cosecha de agua lluvia, y de todas las resoluciones administrativas emitidas por la ASA, la persona natural o jurídica interesada po­drá interponer recurso de reconsideración.

¿Una ley perfecta? Imposible. En todo caso, si se desea modificar, puede hacer­se mediante los procedimientos e ins­tancias correspondientes. Pero oponerse solo por consigna ideológica o política no genera ningún provecho, como no lo hizo durante 15 años.

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