La violencia que campeó en El Salvador durante las administraciones de ARENA y del FMLN golpeó a todo el pueblo. Hubo más muertos por las pandillas que por el conflicto armado que desangró al país durante más de década y media.
En ambas guerras, la víctima fue el pueblo salvadoreño. La violencia se asentó en el territorio nacional desde mediados de los años setenta del siglo pasado y cobró más fuerza en los 30 años que los viejos partidos políticos se dedicaron a saquear el Estado.
Por eso fue que el congresista Tom Suozzi, representante del Tercer Distrito del estado de Nueva York, calificó de «milagro» la transición de la violencia y el crimen de las pandillas hacia una etapa de paz.
Suozzi participó ayer en el Primer Desayuno Nacional de Oración por El Salvador, en el que participaron los tres poderes del Estado, la junta directiva de Próspera Foundation, congresistas estadounidenses y representantes del cuerpo diplomático acreditado en el país.
El congresista neoyorquino dijo sentirse «muy inspirado» por lo aprendido en El Salvador. Y lo dijo en el Palacio Nacional, en el centro de la capital, un lugar que hace apenas unos años era el epicentro del crimen organizado y un territorio controlado por las maras.
La sangre de millares de salvadoreños inocentes corrió por las calles del Centro Histórico ante la inmutable complicidad de las administraciones de ARENA y del FMLN, que pese a decir que tenían planes de combate a la delincuencia no hacían más que mimar a los criminales, con los que llegaron a negociar y firmar acuerdos.
Lo que ahora vemos en las cárceles de Guatemala, reos amotinados y exigiendo privilegios, era algo que ya habían conquistado en las prisiones salvadoreñas cuando los gobiernos efemelenistas decidieron firmar una tregua con los criminales. No tuvieron problema en permitir televisores y teléfonos de alta gama, comidas de restaurantes y organizar fiestas con discotecas, licor y desnudistas.
Ese era el síntoma de que los criminales tenían el control. Cuando el presidente Bukele le declaró la guerra a las maras, impuso orden y disciplina en las cárceles y se construyó el Cecot, para que las prisiones realmente aislaran a los delincuentes que tanto daño le habían hecho a la sociedad.
Sacar a los pandilleros de las calles y garantizar que no volvieran a ellas (al depurar el sistema judicial) fue la base para conquistar la paz. Una tranquilidad que a propios y extraños parece un milagro por el que vale la pena darle gracias a Dios.





