El presidente Nayib Bukele dirige una guerra contra las maras desde el momento mismo que tomó posesión del Ejecutivo.
Sin embargo, sus planes para pacificar el país se frenaron cuando los aliados de las pandillas, ARENA-FMLN y sus socios, boicotearon las votaciones en la vieja Asamblea Legislativa para impedir que la Policía Nacional Civil (PNC) y la Fuerza Armada tuvieran los recursos para modernizarse y dignificar a los héroes que a diario exponen sus vidas para garantizar la seguridad de todo un pueblo.
El Plan Control Territorial y el régimen de excepción permitieron a las fuerzas de seguridad ir tras más de 86,000 integrantes y colaboradores de las maras.
Sin embargo, mantenerlos en prisión ha sido posible porque se cumplieron una serie de pasos necesarios.
En primer lugar, el pueblo salvadoreño le dio al Gobierno del presidente Bukele los suficientes diputados para aprobar leyes, reformar otras y proceder con la depuración del Órgano Judicial, un paso crucial para garantizar que los criminales detenidos por la Policía, con el apoyo del Ejército, permanecieran realmente en prisión y no fueran liberados, como solían hacer los jueces que recibían órdenes de políticos corruptos. Ese respaldo político hacia el presidente Bukele también permitió financiar la compra de nuevos equipos y mejorar la infraestructura de las fuerzas de seguridad.
Y, con un nuevo fiscal general, el país contó con un verdadero aliado para desarticular a las pandillas. En paralelo, el Ejecutivo implementó las medidas necesarias en el sistema de cárceles, les quitó a las pandillas el control que durante las administraciones de ARENA-FMLN tuvieron las prisiones.
Bajo una política de orden, control y disciplina, la Dirección General de Centros Penales les quitó a las maras todos los privilegios que los gobiernos pasados les habían concedido.
Se borraron los grafitis, fueron mezclados pandilleros de diversas bandas criminales (lo que acabó con las cárceles «dedicadas» a una u otra pandilla) y se construyó el Centro para el Confinamiento del Terrorismo (Cecot), una infraestructura que ha sido elogiada internacionalmente por su efectividad para contener a peligrosos criminales.
La guerra contra las pandillas ha permitido que cada vez tengamos más días sin homicidios, les quitó a los criminales el control de cada aspecto de la vida social y convirtió a El Salvador en el país más seguro del hemisferio occidental.
El pueblo ha sido el ganador en esta transformación y, en la otra orilla, los grandes perdedores son los pandilleros y sus aliados, nacionales y extranjeros.






