La esquina del chino
Cuando Hernán Vera, alias Maravilla, regresó a su última visita al país, me tocó la fortuna de recibirlo y compartir con él sin saber que sería una despedida. Ya son muy conocidas sus anécdotas durante el tiempo que vivió en Morazán, en los ahora lejanos 1980, quizá la mayor parte de sus historias están plasmadas en el libro «Las mil y una historia de Radio Venceremos», así que no me voy a detener a repetirlas.
Una vez finalizado el conflicto y después de aguantar hambre, lluvias, bombardeos y un aislamiento total de lo que sucedía en el mundo, Hernán salió de Perquín (Morazán) directo a México, con una mano atrás y la otra adelante, sin nada en qué caer muerto.
Hernán regresaba a El Salvador 10 años después de su salida, ya no como un «hippie» sacado del manual del perfecto aventurero guerrillero de los setenta, sino como todo un magnate de la industria cinematográfica.
A su arribo y después de reunirse con viejos cheros de andanzas y malandanzas, compartió con nosotros esa nueva etapa de su vida, la de ser productor de contenidos. Ya su preocupación no eran las ofensivas militares «yunque y martillo», sino estar pendiente de las rondas del US Open para ver a Peter Sampras y Roger Federer.
Esta vez traía consigo la reputación de haber vencido con sus socios el cerco de las producciones de telenovelas impuestas por Televisa por más de 50 años en la república mexicana. Hernán creó, junto con Epigmenio Ibarra, Verónica Velasco y Carlos Payan, la productora de contenidos Argos.
Ya tenía en su palmarés las producciones «Nada personal», «Con mirada de mujer», «Sexo, pudor y lágrimas», «Capadocia», entre otras. Nos contó cómo el crecimiento exponencial de la productora había sorprendido a propios y extraños, cómo tomaron la decisión de meterse a producir telenovelas y el impacto que estas generaron en la sociedad mexicana acostumbrada a las famosas «María la del barrio», «Los ricos también lloran» o «Dos mujeres, un camino».
Pues bien, en una de esas charlas, donde el whisky era punto y aparte, nos insistió que la vaina de las novelas, series o pelis se reducía todo al «dale play», que por mucha paja o flores que le quisiéramos poner a la historia que pretendíamos vender, todo se reducía a la acción de presionar el botón del play. Que una vez comienzan a aparecer las imágenes en la pantalla, quedas a la esperara de la reacción del receptor.
Con Maravilla aprendí lo sagrado de ese momento cuando el espectador, sabiendo que lo que está viendo en pantalla es una mentira (ficción, actuación, para no herir egos), se convierte en tu cómplice y da por aceptada esa «ficción», se la cree, y que a partir de lo que ve puede llegar a disfrutar, amar u odiar. El secreto está en la consistencia de la historia, de la narrativa, de la estructura, de la fotografía, pero sobre todo en el guion, «porque guion mata carita», fue su frase culminante.
«Guion mata carita», «guion mata carita»… Al principio no le entendí, pero con el tiempo comprendí que el guion es el punto de partida, quizá lo más importante de una obra cinematográfica; es la guía, es el abc, el 123, la hoja de ruta, el punto de partida, la génesis. Por eso Maravilla fulminaba con esa frase: «guion mata carita».
El festival de cortos de Escine y el Guion
El recién finalizado Festival de Cortos Grabados con Celular incluía en esta ocasión la categoría de guion, es decir, nada producido, sino más bien literatura, historias estructuradas en un guion para ver si estamos listos para producir desde cero. Cuando decidimos en Escine incluir esta categoría, dudamos de cuál sería la respuesta, porque si bien es cierto que en el país no hay formación de guionistas, sabíamos que sí existe una necesidad de querer contar historias. Nuestra sorpresa fue al recibir no cinco ni 10 guiones, sino más de 40. Pero no solo por la cantidad recibida es que estamos sorprendidos, sino por la diversidad de historias y lo bien estructuradas. Tenemos, pues, ahora un gran reto: buenas historias que según nuestro jurado internacional son guiones que con un par de retoques están listos para ser producidos.
Y es que, la verdad, recibimos trabajos que abarcan temas tan diversos que reflejan lo que somos como sociedad. Estos guiones me han hecho viajar a las fronteras buscando el sueño americano que se convierte en pesadilla. He revivido en estas historias a una niña nacida en la diáspora que de pronto está correteando a un gallo en un solar queriendo atraparlo para llevárselo a Los Ángeles. Hay guiones que me han tocado el alma, imaginar sentado en el Bella Nápoles a Jaime Suárez Quemain escribiendo sus poemas; he visto en estas historias a un joven con cáncer terminal queriendo cumplir su sueño de besar a su amor platónico antes de morir. Hemos viajado en el tiempo con historias de nuestros mitos y leyendas que no tienen nada que envidiarle a la Llorona. Hay en estos guiones historias que reflejan el abuso a los derechos de la mujer en sus centros de trabajo, el machismo, la solidaridad, el heroísmo, es decir, son guiones que nos proyectan, que nos retan.
Pero estos guiones ahora van a demandar ser producidos, merecen que las productoras locales nos unamos a este esfuerzo y hagamos realidad estas historias. Es un desafío para las empresas de telefonía, los supermercados, bancos, las gasolineras, los restaurantes o cualquier empresario a que le apuesten a esta otra forma de dar a conocer sus marcas y de paso ayudar al desarrollo de la industria fílmica. Nosotros, como Escine, estamos listos para poner a disposición estos guiones que merecen ser producidos para que cerremos filas y comencemos a convertir a nuestro país en un referente regional por democratizar la producción.
Hernán Vera fue un venezolano que venía de estudiar cine de Inglaterra y se quedó 10 años en este país haciéndolo suyo, retratando nuestra historia con una cámara de 16mm. Ese cineasta soñador a quien los campesinos del norte de Morazán adoptaron como su hijo y lo nombraron con el apodo de Maravilla estoy seguro de que al leer estos guiones diría: «¡¿Ya viste qué maravilla, pana?! Estos guiones matan carita»…
El reto está puesto. Ahora está por verse quiénes se echan ese trompo a la uña.






