Hasta siempre, Neto…
Nunca te gustó que te llamaran Toño, mucho menos que antepusieran el título de «don» para acentuar tu edad. Preferías tu primer nombre, Ernesto, así, simple, incluso apreciabas más el mote de Neto, que denotaba un cariño cercano.
Desde muy temprano te convertiste en padre, a los 17 años. La primera hija fue no biológica, pues vino en combo como parte de tu relación. Luego nació tu primogénita. Patricia, la mayor, y Verónica, la hija de sangre, te hicieron el padre más feliz del mundo.
Desde pequeñas se criaron como hermanas, compartiendo todo, viviendo en el mismo hogar. A los pocos años otra gran noticia, otro bebé venía en camino y esta vez un niño. Sin pensarlo mucho decidiste que se llamaría igual que vos: Ernesto. Y así fue.
Tres hermosos niños aprendieron a quererse, a cuidarse, a apoyarse en momentos difíciles y sería injusto no reconocer que la hija mayor, la adoptiva, asumió con creces ser la primera. Fue quien ingresó a la fuerza laboral antes que cualquiera y trabajó en beneficio propio y de la familia, la que siempre aportó, en sustitución de la madre, que optó por una vida distinta.
Vos, por tu parte, consciente de las responsabilidades de un hogar formado, trabajaste hasta partirte literalmente la espalda, ya que los estudios mínimos que tenías te cerraron la oferta laboral. Aun así, luchaste como muchos otros en este país para sacar adelante a tus tres hijos, les diste de comer, los vestiste, los cuidaste y, ante todo, velaste por que asistieran a la escuela con la clara idea de que tuvieran un futuro mejor que el tuyo.
De todos tus trabajos, dos fueron los más difíciles: hacer ladrillos de lodo (bahareque) y convertirte en agente de seguridad privado.
Lo de los ladrillos implica levantarse de madrugada, buscar la tierra idónea, limpiarla, mezclarla con agua y, lo peor, batir horas y horas bajo el sol con los pies descalzos hasta lograr el punto exacto de la mezcla, para luego dar forma a los ladrillos con ayuda de un molde. Y si bien esta tarea es extenuante, nada se compara al momento de girar los ladrillos que se secan al sol, darles vuelta una vez y otra y otra. Parece fácil, pero agacharse e incorporarse, o desplazarse en cuclillas —cuando se trata de cientos de ladrillos— termina por acabar con los más fuertes, aparte de las heridas que se pueden estar sufriendo por la batida del lodo.
Lo de seguridad privada es duro. Los turnos de 48 y 72 horas consecutivas son agotadores. En algunos lugares se cumplen las jornadas de pie, apenas con una silla para descansar por momentos. La comida y el agua son escasas. Los zancudos acechan. La familia no está. Y todo empeora cuando en algunos sitios no hay sanitarios cerca ni adecuados.
Fueron años luchando como agente privado, teniendo que renunciar a las vacaciones anuales para evitar que los ingresos bajaran, soportando malos jefes, durmiendo de pie, enfermando por la lluvia.
Y podría decirse que todo valió la pena cuando en los días libres podías reencontrarte con los tuyos, abrazarlos, llevarles las cosas necesarias para sobrevivir, quizá cumplir algún pequeño gusto, sin olvidar lo importante de celebrar los natalicios.
¡Qué vida más dura, Neto! Pero hay que valorar que no desfalleciste, que siempre hubo un espacio para reponer energías y continuar. Hiciste un buen trabajo y el mejor que pudiste.
La vida te compensó de alguna forma para ver a tres de tus nietos. La cuarta ya no pudiste verla en persona, tu vida fue fugaz. Sin embargo, estoy seguro de que estás cerca viéndolos a todos, cuidándolos a todos y cuidándome. ¡Hasta siempre!





