Cada vez que existen elecciones en un país, la tendencia ha sido a una esperanza amplia en el nuevo mandatario del pueblo y, por ende, se percibe que las finanzas del hogar van a mejorar, al mismo tiempo que la economía estará mejor ahora en comparación con el año previo. Sin embargo, 2020 ha tenido un comportamiento inusual, y aunque no se presenciaron comicios para elegir presidentes, se pueden ver dos efectos interesantes en estos meses y que se comportan similares a un gobierno recién electo.
En primer lugar, el gran apoyo que recibieron los presidentes a raíz de la pandemia y que eventualmente se vieron condicionados a la respuesta institucional que tuvieran los gobiernos. El segundo fenómeno es la alta aprobación del presidente Nayib Bukele en El Salvador, que se ha mantenido así desde el inicio de su gestión.
La respuesta desde la institucionalidad y su influencia en la aprobación presidencial
Los retos para la política centroamericana se pronunciaron en tanto la respuesta de las instituciones fuera la que la ciudadanía esperaba. Un país como Costa Rica, con un sistema de seguridad social de más de 50 años y una cobertura universal, contribuyó a la excelente aprobación del presidente cuando se trataba de medidas en el área de salud. Sin embargo, al llegar la toma de decisiones económicas, la poca estabilidad que se venía evidenciando con el plan fiscal y la respuesta para la reactivación de un país que depende, en su mayoría, del turismo desestabilizó la opinión favorable y volvió a bajar la aprobación del presidente Carlos Alvarado a los índices negativos que ya antes mostraba su gestión.
Al mismo tiempo, en Honduras, las redes sociales son un elemento que brinda micrófono a la ciudadanía y democratiza la información, por lo que casos cuestionados por corrupción como el de la construcción de hospitales recorrieron rápidamente el país. Esto generó un mayor malestar de la población con su mandatario, Juan Orlando Hernández, en una sociedad que enfrenta problemas estructurales como la seguridad alimentaria y que ha sido catalogado como uno de los países que más han sufrido en la región debido al cambio climático.
Nicaragua es una situación particular. Daniel Ortega, quien está en el poder de manera continua desde 2007, negó en un inicio cualquier existencia del virus, esto en un país con una economía débil y con un sistema de salud en decadencia. Lo anterior le costó una variación negativa de 10 puntos en la aprobación de las personas, según las encuestas de CID Gallup, lo que pudo haber sido peor en caso de admitir su existencia y tener una respuesta insuficiente debido a la poca capacidad del Estado. Además, un acontecimiento relevante dentro de este país es que se enfrentará a elecciones el 7 de noviembre de 2021, lo que ha causado una mayor actividad de movimientos y partidos políticos, así como presiones internas y externas, entre ellas, la de la Organización de Estados Americanos, para reformas constitucionales que garanticen el debido proceso democrático el día de los comicios.
Por otro lado, el fenómeno de la popularidad de Nayib Bukele sorprende a escala internacional, al ser un presidente que viene manteniendo una alta aprobación desde el inicio de su mandato el 1.º de junio de 2019. Este mandatario se ha colocado como una figura que llega como externa a la política tradicional y cuestiona la contribución de los congresistas para el bienestar de la población. Los ciudadanos han percibido en él un cambio positivo con respecto a los gobiernos de ARENA y el FMLN, que por más de 30 años gobernaron el país, que se ve reflejado en las acciones que ha tomado en la lucha contra el coronavirus y el manejo que de los distintos problemas que aquejan al país ha hecho.
En conclusión, en los países donde el descontento con el mandatario es alto, se marca una arena política incierta para la población, a falta de una figura estable y posicionada que logre canalizar todas las demandas de las personas o que se posicione como favorita (incluyendo a Nicaragua, donde no hay un personaje claro de oposición). Por el contrario, el porcentaje de personas que ha venido respondiendo como apática a los partidos políticos existentes aumenta cada vez más. En una inferencia desde esta trinchera es que los cambios en los patrones electorales por poblaciones más jóvenes pueden influir en este comportamiento, puesto que, entre menor edad de la persona, menos arraigo a un partido político tradicional tiene, y por ello se pueden identificar mayormente con nuevas figuras específicas que reúnan características similares a sus perspectivas. Estas últimas son una oportunidad importante para cualquier persona que logre procesarlas en una «caja negra» y logre generar resultados discursivos que pueda atraer el favor de los votantes.






