Son las 5 de la mañana, un éxodo de estudiantes y empleados busca la unidad de transporte público que los llevará a su centro de estudios o lugar de trabajo. Con fortuna, viajen sentados (para la mayoría no será el caso). Los que viven en las llamadas zonas populosas deben salir con más de una hora de anticipación y desarrollar la habilidad de la paciencia. Por la tarde, la historia no cambia. Se debe caminar una cierta cantidad de cuadras para abordar las unidades. Algunos tienen la barbaridad de, aún a sabiendas de que el viaje será largo y extenuante, pasar a abastecerse de combustible con los pasajeros (algo que, por cierto, está prohibido por la ley).
En mi caso, ya he pasado entre 20 y 30 minutos (o más) con la unidad a la espera de pasajeros, aun estando completa. En la ruta 42 (sí, la de Catalino Miranda) tienen una forma tan peculiar de solicitar que se haga una tercera fila de pasajeros de pie, en un espacio que desde la física pareciera imposible. Otros tendrán la única alternativa de viajar «colgados» afuera de la unidad.
Este es el sistema de transporte salvadoreño agreste, burdo, a veces inhumano, obsoleto, y a esto le debemos sumar el maltrato que se recibe de los motoristas, la música estridente, las faltas a las normas básicas del reglamento de tránsito y el estado de una gran parte de las unidades: asientos con láminas afuera, ventanas sin vidrios, sin pasamanos, hasta he visto algunas unidades sin que les funcione el sistema de parabrisas. Creo que el lector agregaría más elementos a esta lista.
Los concesionarios del transporte público se han olvidado de la premisa básica que es que ellos están prestando un servicio y que los pasajeros somos sus clientes. El problema es que no se cuenta con un indicador que nos permita (como clientes) medir la calidad del servicio y que en un momento dado se exijan mejoras, de no cumplirse estas, tener la opción de cambiarlos. Estos empresarios simplemente han secuestrado el sector al implantar en la población la creencia de que esto por ninguna circunstancia debe cambiar.
El transporte público debe ser uno de los ejes sobre los cuales toda ciudad diseñe su estrategia para desarrollarse. Primero, porque es a través de este que se mueve la fuerza laboral. Segundo, si se pretende atraer turismo, es un aspecto fundamental que se debe considerar. El contar con un sistema de transporte público moderno no solo permitirá reducir la emisión de CO2 y hacer de esto un desarrollo sostenible. También influye en la salud mental de la población al reducir el estrés o la ansiedad, por ejemplo. Esto también podría verse reflejado en la reducción de la violencia.
Por eso una reforma total del sistema de transporte público basada quizás en un asocio público-privado no solo es de carácter urgente, sino que imperioso, indispensable e ineludible.





