El discernimiento penetrante le es ajeno a muchos denominados analistas políticos y a la gran mayoría de escribientes.
Retoman frases a conveniencia para buscar incidir en la opinión de la sociedad. La literalidad de las expresiones les es suficiente para construir castillos de conjeturas que venden por «verdad». No tienen la agudeza de ver más allá, de lo que realmente las motiva.
De ahí resultan sus exposiciones en entrevistas, editoriales, titulares en medios escritos y digitales, y en videos en TikTok, Instagram y Facebook. Se ponen de acuerdo para iniciar nuevas cruzadas, sin entender que la realidad es otra.
Dan crédito a todo personaje, organismo y ONG que camine en sintonía con sus propósitos, sin importarles torcer la realidad. Y quienes no les creen son dignos de sus mofas y plumas carniceras. Por eso, esperan con ansias situaciones que los mantenga en la jugada.
La perspicacia es tener claridad de visión o intelecto para comprender las coyunturas, qué las motiva. Es agudeza de los sentidos para ver más allá, donde se une el cielo con el mar, para ver con proyección.
Y en estos días he podido comprobar que son muchos a quienes Dios no les dio el don del discernimiento profundo, escrutador. La facilidad con la que se pronuncian creyendo tener y mostrar «astucia política» solo es sinónimo de que son activistas oportunistas y neófitos pensadores con aires de intelectuales y «poseedores de la verdad».
Sus lecturas y expresiones son pordioseras, semillas caídas en concreto donde nunca germinan. De nada sirven las descripciones de «investigadores» en sus redes o CV, pues solo se las creen ellos mismos y tal vez los grupos de amigos y familiares. Como el caso del «periodista» que cambió de país para venderse como «profesor» e «investigador». Sus escritos muestran «nivel cero» en perspicacia.
No entienden que la retórica, aunque es el arte de hablar o escribir para deleitar, conmover, convencer o persuadir a quienes se les dirige un mensaje, también puede tener la intención de falsificar la verdad para provocar confusión y tensión. ¿Entienden eso o les hago dibujitos?
Es difícil, con su mente cauterizada, que comprendan el uso del lenguaje oportunista y calculador, cuando la exacerbación de sentimientos se convierte en la mejor herramienta estratégica, aunque vayan en contra de la realidad. Hay una frase que muchos consideran obsoleta, de Roberto Green, que dice: «Lleva a tus adversarios lejos de la verdad».
No cabe duda de que la desesperación de algunos por manipular la mente de una nación los lleva a expresar sandeces. Por más que hicieron, por más que inventaron, no pudieron contra la inteligencia de un pueblo. ¿Ya lo olvidaron? Y siguen en lo mismo.
Sus exposiciones no son análisis, son palabras torpes vestidas de oportunismo y falsedad. Causan risa sus videos con caras de «bolos serios» intentando convencer a un país de sus mentiras llenas de efectos especiales. Bien dicen las Escrituras que los que obran así terminan creyendo sus propios inventos.
El Salvador hoy abraza hechos, y sigue demostrando que no está dispuesto a perderlos por palabreríos de barrabases. El mundo reconoce y admira los éxitos de esta administración. La de mi amigo Nayib.
En la política, las campañas de «verdaderos estrategas» son pensadas agudamente, por lo que fijan sus blancos para escalar. Las acciones que emprenden no necesariamente son solo en contra de adversarios. Saben que todo suma. Eso es estrategia, a la que a varios «analistas salvadoreños» les está prohibido entender. Hay que saber leer, discernir.
Por cierto, bien por nuestro país. Como dijo el presidente Nayib Bukele, somos ahora el país más seguro en el hemisferio occidental.





