Posiblemente la pregunta más recurrente que he recibido en los últimos dos meses, se relaciona con querer saber cómo identificar una relación tóxica. La pregunta viene tanto de hombre como de mujeres, de jóvenes como de adultos. Al principio les respondí dándoles una serie de indicadores conductuales y relacionales que podrían servir como parámetro para ese propósito.
Sin embargo, me llama poderosamente la atención que nadie, hasta el momento, me haya preguntado cómo identificar una relación saludable, armoniosa, equilibrada, madura. Puede que esté exagerada mi apreciación, pero pareciera que mueve más el interés hacia lo negativo que hacia lo positivo.
Posiblemente por eso hay más noticias de cosas desastrosas que de cosas constructivas. Si revisamos el contenido de nuestras conversaciones personales en la familia y con los amigos, hablamos más de cosas lamentables que de aquellas que edifican.
Bajo ninguna circunstancia pretendo moralizar, no me compete esa tarea, pero llama poderosamente la atención esta manera de ver y enfocar los aspectos que deben interesar.
Sí, reconozco y entiendo que hay que conocer esos aspectos negativos, como las relaciones tóxicas, para evitar el dolor asociado a ellas. Pero en psicología hay un aspecto del comportamiento que ayuda a manejar mejor esas situaciones.
Ese aspecto es el de las conductas incompatibles, término que proviene del conductismo operante de B. F. Skinner. Antes de continuar, debo confesar que no soy adepto al conductismo, pero en esta ocasión me sirve para explicar mi punto de vista.
Una persona no puede dormir y estar despierta al mismo tiempo, no puede estar de pie y estar sentada al mismo tiempo, no puede hablar y estar callada al mismo tiempo. Esos son ejemplos de conductas incompatibles, una conducta anula a la otra. Reforzando una, se logra hacer desaparecer la otra.
Llevado esto al plano de las relaciones interpersonales, si nos enfocamos en identificar relaciones que sean saludables, armoniosas, equilibradas, maduras, nos vamos a estar alejando de las relaciones tóxicas. Por tanto, es más saludable prepararnos para construir relaciones armoniosas y así automáticamente alejarnos de las otras.
En una relación armoniosa hay una aceptación plena de la totalidad de la otra persona, se le acepta con sus virtudes y con sus defectos y NO HAY una tendencia a querer cambiarle ningún aspecto. Nadie actúa como padre o como madre del otro, es una relación de igualdad en la que las personas se enriquecen y crecen juntas.
Se experimenta la libertad y se asumen responsabilidades mutuas. Se vive una sensación de apoyo y no hay angustia, dolor, ni temor. No se experimentan culpas cuando se cometen errores, hay un aprendizaje compartido que fortalece la relación.
En una relación armónica no hay temor por la soledad, la distancia y el tiempo, esto significa que se respeta el ritmo de vida del otro, que puede necesitar soledad para estar consigo mismo, distancia para experimentar la añoranza del otro y tiempo para su propio crecimiento. Ninguno de los dos se victimiza para evitar que el otro tenga estas experiencias de crecimiento, porque ese crecimiento individual fortalece la relación y los beneficia a ambos.
En una relación armónica cada uno es responsable de identificar sus aspectos poco favorables y de esforzarse por superarlos en beneficio de la relación, porque esa relación es responsabilidad de ambos y ambos crecen con esa relación.






