La niñez y juventud San Romero de América es la médula espinal de «Telegramas al Cielo», una exposición instalada en el Museo de la Palabra y la Imagen (MUPI) que muestra el origen, pensamiento y valores, del niño Oscar Arnulfo Romero y Galdámez quien desde temprana edad dio señales del modelo en el que se convertiría para los salvadoreños y personas del mundo entero.
Bajo la dirección de Carlos Henríquez Consalvi la exposición se argumenta en el cuento “Telegramas al Cielo” de René Colato Laínez, un texto que su vez está basado en relatos de Monseñor Romero y sus allegados, los cuales denotan la reveladora etapa de su niñez cuando deseaba convertirse en sacerdote.
«Esta exposición habla de valores, la familia, El Salvador, la identidad que tenemos, de cómo amamos a la patria y se sitúa en los tiempos más remotos de la infancia de Monseñor», detalló la encargada de comunicaciones del MUPI, Tania Primavera.
La exposición está organizada en dos secciones, la primera es una instalación de banners que contienen dibujos animados de Pixote Hunt, que ilustran extractos del cuento que es narrado por un guía del museo, una combinación que logra transportar a los visitantes a principios del siglo XX, a Ciudad Barrios, en San Miguel, su pueblo natal.
El relato




El relato comienza cuando el niño Oscar ayudaba a su padre Santos en las tareas del telégrafo, que estaba instalado en su casa, por las tardes mientras él salía de casa a realizar tareas de la corta del café para mantener a la familia.
Una tarde Oscar recibió un telegrama muy importante, que llegaría el sacerdote Benito Calvo al pueblo para oficiar la misa dominical, lo que le provocó mucha emoción debido a que en Ciudad Barrios no había un sacerdote fijo y su familia era muy devota; entonces corrió hacia donde el alcalde Alfonso Leiva para darle la noticia.
Otra de las anécdotas que se destacan en la exposición es la que dio origen al nombre del texto. «Un día, después que rezaron el padre nuestro, Oscar le preguntó a su papá «¿cómo puedo mandar telegramas al cielo?» y su papá le respondió «reza desde tu corazón y podrás mandarle a Dios todos los telegramas que tú quieras» y desde entonces empezó a rezar con más frecuencia y devoción.
Oscar quería tener comunicación cercana con el ser supremo que todos los aprendizajes nuevos y habilidades que desarrollaba con su profesora privada Anita Iglesias, los quería ponía al servicio de Dios, como cuando aprendió a tocar la flauta y escribía notas que luego tocaba para acompañar sus oraciones. Su maestra lo motivaba y le decía que era el mejor poeta de Ciudad Barrios y él le contestaba que quería ser el mejor orador, músico y poeta para Dios.
En sus tiempos libres Oscar solía jugar, entre otras cosas, a que era el sacerdote del pueblo y agarraba una brocha que mojaba con agua y rociaba a sus hermanos menores, amigos y mascotas para bendecirlos, hasta que un día sorprendió a sus padres diciéndoles que quería ser sacerdote.
En un intento de sus padres por mantenerlo ocupado y alejado de esa idea lo enviaron de voluntario a la carpintería del pueblo donde aprendió a hacer puertas, mesas y sillas, pero nunca dejó de lado su anhelo de convertirse en líder religioso.
En otra ocasión, mientras estaba atendiendo el telégrafo recibió otro mensaje importante, que el obispo Juan Antonio Dueñas llegaría al pueblo y muy contento se lo contó a su madre, quien lo acompañó a comprarse una mudada nueva, con el dinero que había ahorrado del oficio de carpintería para ir a verlo.
El domingo, la iglesia estaba muy llena, pero Oscar logró abrirse camino hasta donde estaba el obispo y aunque no logró llamar su atención, el alcalde que estaba cerca y vio la actitud de emoción del pequeño dijo «este niño es Oscar y le encanta rezar», entonces el obispo empezó a platicar con el pequeño.
El obispo le preguntó: «¿Qué quieres ser cuando estés grande?» y él no dudó en responderle que quería ser sacerdote; entonces, Dueñas le tocó la frente con su pulgar y le dijo «tu vas a ser obispo» y el niño sonrió.
A la edad de trece años, Oscar salió de su pueblo acompañado del padre Calvo hacia la ciudad de San Miguel para internarse en el seminario menor donde destacó como uno de los mejores estudiantes y por ese motivo, el obispo Dueñas lo eligió para que terminara sus estudios de seminarista en Roma, Italia.
Lo primero que hizo el recién ordenado sacerdote fue regresar a su pueblo natal, donde fue recibido con mucha alegría, música y las calles adornadas con papel picado y flores, porque daría su primera misa.
Romero un hombre consecuente

En la segunda parte de la exposición se presentan gigantografías con algunas imágenes del archivo personal del obispo Romero, que fueron de dominio público hasta en el año 2010, cuando Santos Delmi Campos, amiga del religioso, las sacó del lugar donde las mantuvo resguardadas por más de 30 años para donarlas al MUPI.
Las fotografías están instaladas con frases que él escribió o dijo en algún momento en las que se puede corroborar que siendo adulto cosechó los valores que sembró durante su niñez, entre estos la solidaridad, empatía, inclusión, amor por el prójimo, el espíritu de servicio, el sentido de pertenencia y la identidad.
«Formemos en el corazón del niño y del joven el ideal sublime de amar, de prepararse para servir, de darse a los demás», es una de las frases que Monseñor Romero dijo el 15 de enero de 1979 y que está destacada en la exposición dedicada a la niñez y adolescencia.
También están expuestas otras frases contundentes que Monseñor Romero dijo durante los momentos más críticos del conflicto armado cuando nadie podía expresarse contra las injusticias sociales; sin embargo, «sabiendo que sus palabras podrían arrancarle la muerte, él prefirió el sacrificio antes de callar la desigualdad y la injusticia», detalló Primavera.







