En junio, tras dos meses encerrados en casa, muchos italianos creímos que lo peor había pasado, y algunos querían salir e irse de vacaciones. En septiembre y octubre, después de tantas clases en línea, parecía esencial que los estudiantes volvieran a las aulas al empezar el nuevo año académico. Claro, ni las vacaciones veraniegas ni el comienzo de las clases fueron iguales que siempre, pero quizá algunos pensaron que ya se podía dejar atrás el tema del coronavirus y volver a la vida de antes o, por lo menos, lo esperaban.
Lastimosamente, no fue así: una nueva ola de contagios ha vuelto a ocupar nuestros días y nuestros pensamientos, cada día el número de contagiados sube (en mi pueblo, por ejemplo, se ha duplicado en menos de una semana) y los hospitales vuelven a llenarse.
Con una nueva serie de decretos, el Gobierno italiano está intentando limitar los efectos de la pandemia sin cerrar otra vez las empresas y comprometer aún más la economía nacional. Las restricciones han aumentado de forma gradual hasta la reciente decisión de dividir el país en zonas marcadas por diferentes colores según la gravedad de la situación sanitaria. Si en las amarillas quedan abiertos los locales y las tiendas, y, aunque no esté recomendado, es posible desplazarse, en las regiones rojas de Italia la situación es casi la misma de los primeros meses de este año: encierro.
Este confinamiento disfrazado de colores implicará muchos cambios. Desde el punto de vista social y cultural, las ocasiones para comunicarse se reducen de forma drástica tanto para niños como para adultos o ancianos. Para la mayoría de nosotros, por ejemplo, la comida desempeña un papel fundamental en las relaciones sociales, y salir juntos a cenar o a tomar un aperitivo (una bebida acompañada de alguna comida que suelen ser una excelente excusa para quedar con alguien antes del almuerzo o de la cena) es algo muy importante. Ahora, bares y restaurantes cierran a las seis de la tarde y a las diez se ha impuesto un toque de queda, y cines, teatros, museos, exposiciones, gimnasios y piscinas ya no abrirán. Básicamente, cuando se sale del trabajo lo único que se puede hacer es regresar a casa, sobre todo ahora que hace más frío. De esta nueva cuarentena saldremos con muchas ganas de hacerlo todo para recuperar el tiempo perdido o más perezosos y solitarios que nunca.
Por supuesto, esta vuelta parcial al pasado también tiene graves repercusiones económicas, lo que dio paso a protestas en contra de la prevención. Desafortunadamente, la situación va empeorando y el alboroto ya no hará que el Estado cambie de idea. Como dijo el presidente del Gobierno italiano en marzo: «Quedémonos lejos hoy para abrazarnos mañana. Detengámonos hoy para correr más rápido mañana». Al fin y al cabo, esta es la contribución más importante que la mayoría de nosotros puede aportar en estos tiempos difíciles, incluso en los países donde no se ha llegado a nuevos niveles de alarma, como en El Salvador. Todos tenemos que aguantar y esperar mejores momentos respetando las normas y ayudando a quienes lo necesitan; en nuestro caso, igual y más que antes en este nuevo confinamiento.





