A Valero Lecha, pintor español, se le recuerda y reconoce por el aporte que dejó a El Salvador en el mundo de la plástica, así como la formación que le brindó a decenas de estudiantes en su Academia de Dibujo y Pintura «Valero Lecha», ubicada en la esquina opuesta del Teatro Nacional de San Salvador; pero poco se conoce el lado humano que tenía, la preocupación para que cada uno de sus estudiantes se superara y el compromiso por mostrar la cultura del país.
De su legado no solo quedaron pinturas como «El valle de Jiboa», «Danza», «Vientos de octubre», «Papayas» y «Familia de papel», entre otras, sino que a través de las generaciones de sus alumnos logró perpetuar su herencia cultural al mismo tiempo que preparó a artistas salvadoreños que también dejaron arte o siguen creándolo.
Recientemente, el Centro Español, en San Salvador, desarrolló la exposición «Lúmenes» con la finalidad de conmemorar el 48.0 aniversario del fallecimiento del maestro Lecha. Antes de montar la muestra, el curador, Víctor Andaluz, desarrolló una investigación donde manifiesta que logró conocer a un artista más noble y dedicado a difundir el arte salvadoreño.
«De toda la bibliografía que podemos encontrar sobre Valero, en todos los textos se hace mucho énfasis de quién fue como maestro, pero no quién fue como persona, y esa parte es muy importante porque para ser un gran maestro tuvo que haber sido una gran persona. Por ejemplo, la primera generación se fue becada al extranjero, pero fue él quien buscó esas becas, o sea no los soltó aun estando ya ellos egresados de su academia de dibujo y pintura. No solo muestra a un didáctico entregado al desarrollo y la superación de estos jóvenes de la época, sino que muestra a un humanista que está entregado a ver el crecimiento social, el crecimiento cultural de nuestro país», expresa Andaluz.
La muestra presentada en el Centro Español reúne a cinco artistas pertenecientes a la última generación de la academia: Ana Cristina Campos, Augusto Crespín, Mauricio Mejía, Dinorah Preza y Rubén Olivares, quienes aprendieron habilidades artísticas y técnicas de Valero Lecha, y hoy son los discípulos que continúan su legado.

ANA CRISTINA CAMPOS
Recuerda que desde pequeña su máximo sueño siempre fue pintar, aunque sus padres querían que sacara una carrera en la universidad. Se inscribió en Relaciones Internacionales, pero cuando conoció la academia de Valero Lecha se interesó por asistir, a tal punto de saltarse las clases de la universidad por ir a clases de pintura.
«Valero tuvo la paciencia de enseñarme a ver, no solo a mirar, y poquito a poquito fui entendiendo. Él me decía que yo tenía mucha facilidad y habilidad para la pintura y el dibujo. Tuve la dicha, por lo menos fueron los tres últimos años de que él pudo trabajar», detalla.

AUGUSTO CRESPÍN
En la década de los sesenta Augusto tenía el interés de ser director de cine, sin embargo, estudiar el séptimo arte era muy difícil, así que lo más cercano era la pintura. A sus 13 años ingresa a la escuela de Lecha y por la noche continúa con sus estudios académicos, durante su estancia en la academia recuerda la persona excepcional que fue su maestro.
«Lo que más recuerdo fue su calidad humana, ya que me acogió como padre. Me consiguió una beca por cinco años con el Centro Español, desde 1969 a 1973. Ellos me daban una cantidad de dinero para materiales ya que eran muy caros», recuerda.

MAURICIO MEJÍA
Llegó a la academia en 1972, cuando Valero Lecha se iba a España, pero durante su ausencia quedó a cargo de dos alumnos avanzados. Cuando él maestro regresa, Mauricio ya estaba avanzado en su aprendizaje y continuó aprendiendo de Lecha.
«Hoy, después, uno entiende que el arte es un compromiso de verdad, pero mi valoración va también en el sentido del legado del maestro Valero Lecha. La calidad humana era tan grande de este señor que les cambiaba la vida a las personas a través de su enseñanza. Este señor tenía esa capacidad de enseñar, de transmitir sus conocimientos que eran los que le habían dado a él en España».

DINORAH PREZA
Comenta que en la Academia aprendió carboncillo, dibujo, pintura, entre otros, pero cuando conoció la escultura se enamoró de ella. Del maestro Lecha recuerda lo estricto que fue, combinado con las atenciones que tenía con sus alumnos.
«Todas las mañanas que llegábamos, a las 8, salíamos en carrera porque estaba Chica, la empleada de él, nos tenía dos canastos llenos de pan francés con tarritos de miel y todos íbamos a comer porque había muchos compañeros que no desayunaban. Entonces, el maestro tenía esa delicadeza de enseñarnos y de proveernos comida».

RUBÉN OLIVARES
Nació con un problema auditivo por lo que sus padres deciden no enviarlo a la escuela y se queda acompañando a su papá que era carpintero. Con los carbones que tenían en casa se ponía a pintar en las paredes y por eso un tío le regaló materiales para pintar. De los cuadros que crea, dos son llevados a Lecha, quien al ver el talento que tiene lo beca.
«Es una lástima que muchachos que tienen el talento se abandonen por falta de apoyo. Hay que pensar también que no solamente es el talento sino la vocación suficiente para resistir los estudios que son un poco duros y largos. Teniendo el talento y vocación seria nuevo valor que daría mucho nombre a la Patria», le escribió en una carta el maestro.







