Cuando entramos a las redes sociales es como si abrimos una caja de Pandora; todos los males del mundo afloran, pero a la vez vemos volar una esperanza hermosa que revolotea desde el fondo de la caja. Ese es el mito griego.
La guerra política acompaña casi siempre a la guerra convencional. El colegio Fu Hsing Kang de la Universidad de Taipéi, Taiwán, reconoce seis tipos de guerra política: ideológica, de estratagema, organización, psicológica, inteligencia y de masas. Cada una cumple una función específica, pero se entrelazan entre sí para un fin único.
La guerra política es un modelo que surge después de la Segunda Guerra Mundial entre los Estados Unidos de América y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, y fue definida como «un enfrentamiento político, económico, social, militar, informativo, científico y deportivo».
La ideología, en forma simple, es considerada como el conjunto de ideas, principios, doctrinas, mitos o símbolos que explica y persigue instaurar cómo la sociedad debería funcionar para proteger los intereses de quienes los propugnan. En nuestro caso, detrás de cada ideología hay un interés de grupo para servirse del Estado. De allí que, en nuestro país, en la guerra política hay detrás de cada uno de los tipos de guerra un interés de clase, oculto para la población, pero que si ponemos atención podemos identificar.
En el caso de las redes sociales lo más palpable es la guerra psicológica, cuyo objetivo es influir en las emociones, opiniones, actitudes y conductas, de tal manera que apoyen los propósitos de uno de los contendientes. La guerra psicológica puede ser abierta y secreta, es decir, la que se conoce cuál es su fuente y la que oculta su origen.
Plantados en este conocimiento podemos entonces percibir cómo se mueven las huestes de ambos bandos. Es vergonzoso que cada afirmación del gobierno es seguida por toda clase de comentarios, con epítetos que rayan la decencia y marcan la vulgaridad como un método de descalificación; la tergiversación de la información, el inventar notas con tal desfachatez que raya en la estupidez, y los peritos que falsean las cuentas o retocan imágenes o videos.
Eso es el día a día en las redes sociales, especialmente aquellas donde dominan los favorecidos de los anteriores gobiernos y que han sido desplazados.
¿Qué buscan? ¿Qué hicieron entonces los gobiernos anteriores? ¿Ellos consultaron o promulgaron leyes para el pueblo? ¿Ante esta clase de adversarios, el Gobierno debería de abrir sus fuentes de información?
Son miles a quienes se les acabaron sus privilegios, su mundo que facilitaba sus negocios y su vida onerosa a costillas del erario nacional. La confabulación del aparato ideológico que no es más que los medios de comunicación, organizaciones afines y costumbres arraigadas de los adictos a los intereses de la clase dominante, que lleva ya 200 años. Desde que los criollos adaptaban las leyes a su conveniencia y en detrimento de los otros segmentos sociales. El acondicionamiento de las leyes a sus propósitos, la utilización de las Fuerzas
Armadas para su protección y mandato, la política cultural para adaptar el pensamiento a las tradiciones y costumbres en su modo de construir y mantener sus privilegios. Todo eso se les está yendo de las manos…
Podríamos concluir, entonces, que la esperanza del pueblo en el fondo de la caja de Pandora es que percibimos un nuevo futuro, luminoso, donde, como dijera Claudia Lars en «Romances de norte y sur»:
«Indio Cruz, ¡Revientan luces!
¡Entre ruinas y cadáveres!
Ya se anuncia lo que esperas
En conocidas señales.
Un tiempo de harinas dulces
Bajo las preguntas nace
Y se alza, de lo sombrío,
El despertar de los ángeles».





