El contexto histórico nos lleva a 1807, pues en ese año hay registros de que el descontento popular se había acrecentado por el estancamiento del modelo colonial, que imponía impuestos y no permitía una movilidad social por aspectos raciales, en el que los peninsulares tenían todos los privilegios, mientras los mestizos vivían en pobreza. Había una precaria economía por la caída de los precios del añil, debido a la guerra entre España e Inglaterra, que estancó el comercio y se desató una escasez de alimentos por una plaga de langostas.b
Todo este ambiente socioeconómico y político permite sostener que las protestas, que llevaron a lo que actualmente conocemos como Primer Grito de Independencia, fueron por la grave crisis político-económica que atravesaba la población subalterna colonial. Entonces, el papel de las mujeres en esas revueltas fue determinante, pues eran las que resentían más los productos que escaseaban o encarecían.
En el aspecto sociocultural, las mujeres desarrollaban labores del hogar, repartiendo su vida entre lo familiar y la iglesia. Eran excluidas de otros espacios sociales, público-políticos y destinadas a los roles de madres y esposas. Este era el panorama que sufrían las mujeres cuando iniciaron los movimientos de independencia.
Es así como, en el marco del Primer Grito de Independencia, en la actual Santa Ana, entre el 17 y el 26 de noviembre de 1811, los pobladores se alzaron contra las autoridades. Entre las mujeres que organizaron la protesta estaban Juana de Dios Arriaga, la afrodescendiente Inés Anselma Ascensio y Dominga Fabia Juárez de Reina. Durante el mismo levantamiento aparecieron las metapanecas Úrsula Guzmán y Gertrudis Lemus, quienes suministraron piedras y armas a los indios y mulatos el 24 de noviembre de 1811, participando en enfrentamientos dirigidos por el prócer Juan de Dios Mayorga en dicha ciudad.
Además, las hermanas María Feliciana de los Ángeles y Manuela Miranda, de Sensuntepeque, divulgaron ideas independentistas alzándose en la insurrección del 29 de diciembre de 1811. Por esos actos fueron capturadas por las autoridades españolas y condenadas a recibir 100 latigazos en la plaza central de San Vicente. En ese acto, María Feliciana, de 22 años, murió al recibir más de 70 latigazos, convirtiéndose en mártir de la patria, mientras que su hermana fue «sierva sin paga» en el convento de San Vicente.
Ante estos hechos históricos, actualmente surge la pregunta ¿por qué es importante visibilizar a estas próceres de la independencia? La respuesta es que las mujeres que participaron tuvieron un papel relevante en el Primer Grito de Independencia al ser activistas, encargadas de la logística, y aparecen en los registros judiciales; por lo tanto, tienen el valor de próceres surgidas de los sectores subalternos y no de las élites criollas; es decir, que estas mujeres tuvieron que superar los roles de género machistas de la época y también los roles raciales, ya que entre ellas había mestizas y mulatas (el actual origen racial del 80 % de los salvadoreños) en un período de la historia que significaba ser de segunda o de tercera categoría social.






