Mi nombre es Edwin Henríquez y soy sacerdote desde enero de 2008. Mi pueblo natal es Aguilares, la casa de mis padres queda a 100 metros de la parroquia del Señor de las Misericordias. Del padre Tilo escuché hablar por motivo de la conmemoración de cada 12 de marzo allá por los años noventa. Cada año en enero, junto con la preparación de la Cuaresma, también se preparaba la peregrinación del 12 de marzo, para terminar la misa que Tilo no pudo ni comenzar porque a medio camino fue martirizado. Recuerdo también las diferentes comitivas de la UCA con jesuitas que venían preguntando por el padre Grande y hacían el recorrido de Aguilares a El Paisnal, haciendo la parada en Las Tres Cruces.
Cuando cumplí 18 años salí de mi pueblo para iniciar los estudios en el Seminario San José de la Montaña. Fue en mi etapa de formación para el sacerdocio que tuve la oportunidad de conocer más del padre Tilo, leer su biografía, conocer su relación con monseñor Romero. Sin duda alguna puedo afirmar que el testimonio del padre Tilo siempre ha estado presente en mi vida, tanto porque somos del mismo pueblo como por la vocación al sacerdocio para servir a los hermanos.
En 2015, monseñor Urrutia, quien se encargó de la causa de monseñor Romero, me comunicó la noticia de que el arzobispo de San Salvador había iniciado la causa de Rutilio Grande y que me nombraba a mí vicepostulador de la causa en la fase diocesana. Para mí, esto fue una gran alegría, significó sentirme más cerca del padre Tilo, su predicación, su trabajo pastoral en Aguilares, su amor a Dios, su cercanía con los pobres para compartir con ellos sus sufrimientos y penas, gozos, esperanzas y así tocar la carne de Cristo entre los más necesitados.
En un primer momento no pensé en el trabajo que se iba a hacer, si era mucho o poco en la instrucción de la causa, sino en la misión que esto significaba de dar a conocer la auténtica vida de Rutilio, por qué vivió y murió cruelmente aquel día al caer la tarde camino a celebrar la misa. Esta era la oportunidad de presentar a un testigo de una iglesia en salida, un pastor con olor a oveja, a calle polvorienta y fiesta del maíz, que murió entre su gente; un anciano y un joven que hablaba en una forma tan cercana, como un campesino más, poniéndole «patas» al Evangelio, y les decía que la fe cristiana no debía ser «rezadoras cohetonas» que explotan allá, arriba, en el cielo, sino que aquí, abajo, había que armar el «bonche». Tilo les enseñó a leer y escribir, a conocer su dignidad, su vocación de cristianos, sus derechos y cumplir sus deberes, a trabajar para construir el reino de Dios, teniendo bien claro que «no nos salvamos individualmente, sino en matata, en mazorca, en racimo, en comunidad».
En su sencillez, Tilo también era firme para denunciar las falsas acusaciones de que el Evangelio era comunista e igualmente los curas: el 13 de febrero 1977, en Apopa, denunció que, para el sistema gobernante de turno, «si Jesús viniera, entrando por Chalatenango hacia San Salvador, no llegaría ni a Guazapa, y allí lo detendrían por subversivo y duro con él».
Todo para el pueblo cristiano siempre ha estado claro: el padre Grande es un pastor que dio la vida por sus ovejas. Hoy la beatificación nos anima a seguir su ejemplo haciendo un camino juntos, siendo cercanos a los pobres y necesitados.